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La primera víctima en cualquier conflicto o guerra es la información veraz. No es nada nuevo, ocurre invariablemente desde los tiempos de Sun Tzu hasta nuestros días. Sin embargo, en las sociedades la información, este fenómeno se acrecienta hasta lo indecible. La prensa libre, de la que tan orgullosos estamos en nuestras democracias como elemento definitorio de las mismas, se comporta inequívocamente como correa de transmisión de los intereses corporativos que la poseen o la sustentan y de los gobiernos que las nutren de noticias, subvenciones, licencias y publicidad institucional. Esa es la razón por la que, en la práctica, las líneas editoriales sean tan parecidas en los grandes temas o en política internacional.

Con la crisis de Ucrania no podía ser menos. Da la sensación de que, independientemente de lo que haya sucedido in situ, la prensa primero elige bando y luego da las noticias. Con escasísimas excepciones, todas se suman al mainstream imperante y se enrolan en los batallones mediáticos, los primeros en atacar sobre nuestros cerebros, preparándonos para digerir lo que pueda venir después, por muy brutal y contrario a nuestros presupuestos éticos, morales o religiosos que sea. Es lo que Chomsky denomina, la fase de creación del consenso.

Personalmente, cada vez que me enfrento a un hecho complejo, sobre todo del tipo geoestratégico, y encuentro el consenso generalizado, la desconfianza me inunda por sistema. Normalmente, dada la simplificación que sufren la mayoría de los ámbitos de la vida política actual, la unidimensionalidad de pensamiento occidental, la misma que ya denunciaba Marcuse en los sesenta, va acompañada de elevadas dosis de maniqueísmo para ampliar el público receptor de la propaganda mediática —que no información— y poner más víscera que razón en el proceso de formación de opinión.

Así que, cuando desde Wyoming a Marhuenda, lo que se nos presenta sobre la crisis de Ucrania (o Venezuela, o Siria…) es, por lo general, coincidente en cuanto a los postulados básicos se refiere, no hay más remedio que dudar y poner la masa gris y el ratón en funcionamiento para saber qué hay de veracidad en sus planteamientos y qué hay de desinformación, de publicidad o de propaganda. Obviamente, se trata de un proceso molesto, lo más fácil es dejarse llevar por aquellas personas o instituciones en las que se deposita la confianza y dejar que la información fluya sin que medie mucho análisis interno. Como suele decirse, cada uno elige qué medios, qué periodistas o que políticos quieren que lo manipule. Craso error, con los medios a nuestro alcance hoy día, con el poder que ofrece internet, es fácil encontrar información directa, de primera mano, sin refinar, sin cocinar por las grandes agencias de desinformación masiva, e incluso prensa distinta que mantiene versiones de los mismos hechos radicalmente distintos a la opinión imperante en nuestras tierras, aunque aquellos también estén mediatizados.

Todo el mundo sabe que Putin es un autócrata o un dictador peligroso y que Obama es un carismático líder, premio Nobel de la Paz. Da igual que el presidente norteamericano tenga bajo su alfombra miles y miles de muertos, invasiones militares, espionaje masivo mundial, disidentes que huyen del país, apoyo a terroristas en guerras regionales, operaciones de desestabilización de democracias molestas en todo el mundo, brutal represión y criminalización de sus movimientos ciudadanos de protesta, etc. Es igual, uno es «buena gente» y el otro un peligro para la seguridad mundial, aunque en realidad no sepamos muy bien por qué. Uno se alinea en estos bandos como el que se hace forofo de un equipo de fútbol. Es la doctrina de «es nuestro hijo de puta» que tanto le gustaba a Roosevelt o a Kissinger.

Así las cosas, es fácil descubrir como la opinión pública es víctima de una operación para tapar:

• que en Kiev hay un gobierno ilegítimo colocado por la fuerza, tras una operación —más o menos encubierta— apoyada por la Unión Europea, Estados Unidos y la OTAN,

• que el golpe de estado fue planificado desde hace mucho tiempo mediante el entrenamiento por militares de occidente de los extremistas que tomaron finalmente la plaza de Maidan y los edificios públicos de la capital,

• que miembros de Estados Unidos decidieron quién iba a conformar el gobierno actual de facto de Ucrania,

• que hay cinco ministros neonazis de un partido hasta hace poco en la lista negra de la Unión Europea, por racista, violento o antisemita,

• que en Ucrania es imposible ejercer la oposición política si no quieres ser apaleado o encarcelado,

• que no hay libertad informativa porque las bandas de cabezas huecas andan con los bates de béisbol por las calles,

• que los opositores consiguieron una mayoría parlamentaria tras la invasión del parlamento y las «jubilaciones anticipadas» del presidente de la cámara y muchos diputados a los que no les gustaba ese deporte típicamente norteamericano,

• …

Eso sí, para que no suene muy feo, nuestros medios llaman ahora nacionalistas a los neonazis —¡cómo si fueran del PNV!—, los paramilitares de Maidan no existieron aunque se han convertido ahora en la Guardia Nacional de Ucrania, el referéndum de Crimea es ilegal porque viola la «constitución» ucraniana y Putin es un cabrón por respetar la voluntad popular de los crimeos (sí, tanto de los rusófonos, como de los tártaros como de los ucranianos que viven allá).

Ya podemos quedarnos tranquilos, afortunadamente, como siempre, estamos en el bando de los buenos.