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Vivimos una guerra comunicacional como nunca antes ha existido en la historia de la humanidad. Obviamente, la información como arma ha sido utilizada y analizada ampliamente con anterioridad a los tiempos de Sun Tzu, pero lo que ahora sucede no tiene parangón. Mantenernos anclados en la mentira o en la propaganda ya no es tan fácil como antaño. En el medievo, por ejemplo, era fácil tener expuestas a la veneración religiosa montones de reliquias «únicas y verdaderas» de pasajes fundamentales de loe evangelios porque era muy difícil que estuviesen en contacto gentes de distintas iglesias, catedrales o monasterios de diferentes regiones o países. Astillas de la cruz de Cristo había tantas como para montar una fábrica de pellets. Pero hoy, la globalización de la información, gracias fundamentalmente a la televisión por satélite y a internet, hacen imposible tanta burda manipulación para cualquier persona que quiera encontrar la verdad o, cuando menos, otras verdades distintas a la que podríamos considerar «oficial» y omnipresente.

Pero claro, de la misma manera que el deán de una catedral medieval se sentía muy ufano al poseer una o varias importantes reliquias porque así se aseguraba un buen número de fieles —y de donativos—, algunos mandatarios de gobiernos poderosos aspiran a tener todo el control de la información que les llega a sus ciudadanos, así se asegura la complicidad de las masas, la docilidad ante decisiones impopulares e incluso la reelección democrática en el juego electoral. Si el estado en cuestión pretende dominar el mundo allende sus fronteras, obviamente, tendrá que apoyarse en medios globales para que las poblaciones de otros países acepten sin rechistar demasiado sus políticas imperiales, la presencia de sus soldados en bases militares, el control externo de los recursos naturales propios, el espionaje a sus ciudadanos, e incluso el desprecio más absoluto a los derechos humanos cuando ello les resulte conveniente.

Durante las últimas décadas, Estados Unidos ha contado con el monopolio de la información en el mundo, sobre todo después del autoproclamado Fin de la Historia coincidiendo con la caída del muro de Berlín. Sin embargo, poco a poco se van viendo síntomas de que esta situación está tocando a su fin. Ayer, sin ir más lejos, el jefe del Departamento de Estado norteamericano, John Kerry, arremetía contra la cadena Russia Today, a quien acusaba de ejercer de altavoz propagandístico del gobierno ruso. Kerry aparecía sensiblemente molesto con el papel que juega RT en la crisis ucraniana, cuyos informativos no cesan de contraponer con eficacia la sarta de falsedades que sirven los medios corporativos occidentales, presentando una visión de los hechos absolutamente diferente a la edulcorada, increíble y artificiosa versión occidental de la revolución popular democrática espontánea del oeste seguida por la revolución terrorista orquestada en el este del país.

Dejando a un lado el fondo mismo de la cuestión, lo que denotan las declaraciones del número tres del gobierno USAmericano no es otra cosa que cierta debilidad e impotencia. La habitual campaña de intoxicación a su favor no debe ir tan bien como esperaban cuando una persona así tiene que arremeter públicamente contra un medio de comunicación sin si quiera presentar prueba alguna que corrobore sus afirmaciones.

A pesar de estar convencido del importante papel que la cadena juega en el contexto geopolítico mundial (ya existen versiones en árabe, inglés, castellano y ruso), no podía pensar, ni por un momento, que su impacto real tuviera tal magnitud. Es un hecho conocido que la web de RT, en particular el canal de YouTube, es el más importante de toda las televisiones de su género en el mundo. En 2013 sus vídeos tuvieron más de mil millones de reproducciones, un auténtico récord mundial, imagino que impelido por la gran viralidad que alcanzan en las redes sociales, donde se han convertido en un referente contrainformativo de primera magnitud, básicamente entre las personas y los grupos de parte de la izquierda alternativa.

La pérdida de credibilidad de los medios corporativos de Estados Unidos y sus aliados europeos es otro factor que está derivando a más y más personas hacia cadenas como RT en este y muchos otros países del mundo. Las mentiras sobre las armas de destrucción masiva que condujeron a la brutal guerra de Irak fueron un duro golpe para muchos medios del que aún no se han repuesto ni se van a reponer jamás, ya que, el ridículo sufrido no ha servido para que puedan poner en cuestión casos similares como el de las armas de destrucción masiva de Irán o tantos otros.

Ayer mismo se conoció que el periódico The New York Times, uno de los iconos de la prensa mundial, de carácter progresista (al estilo de Estados Unidos, claro), antes de publicar noticias sobre Israel o Palestina, pide permiso al gobierno israelí y admite la censura previa como parte de su política «informativa», así lo admitió a las claras Margaret Sullivan, su directora, causando un enorme revuelo entre muchos de sus lectores, que parecían haberse caído de un guindo. Por contra, la cadena RT en árabe recibió un reconocimiento a la objetividad por la cobertura de la última guerra de Gaza. Es lógico, pues, que exista un trasvase de lectores, oyentes y televidentes desde los medios oficiales a los antagónicos. Ahí, aunque destaque la cadena rusa por su gran ubicuidad, hay otros actores importantes como Telesur, la cadena internacional bolivariana, HispanTV patrocinada por Irán, la agencia china Xinhua a nivel global, PressTV, IRNA, Al Manar, Prensa Latina y tantas otras donde poder informarnos de lo que sucede en el mundo desde otro punto de vista.

Lógicamente, no hay que esperar que todas estas agencias y cadenas sean pura objetividad —entre otras cosas porque eso no existe—, sin embargo, la sola presentación de otro punto de vista que contraponer a la visión hegemónica imperante es suficiente para contribuir a forjarnos una opinión más certera de los hechos en cuestión. Es más, teniendo en cuenta el lugar donde vivimos, el bando que nos toca posicionarnos por derecho de cuna y la cantidad de intoxicación informativa que recibimos a lo largo de toda la vida, usarlas no deja de ser un ejercicio la mar de recomendable.

Si os fijáis, todos los medios citados anteriormente dependen de gobiernos concretos. Hay poca posibilidad de que ese papel lo jueguen medios privados, principalmente porque serían inviables sin acceso a la publicidad, pública o privada, pero también porque, de existir, serían comprados y anulados en el momento en que comenzaran a molestar de verdad.

En los ámbitos bolivarianos se están promulgando nuevas leyes que tratan de democratizar el sector, impidiendo las concentraciones de medios, reservando un tercio de las licencias para medios públicos, otro tercio para los comunitarios y sólo un tercio para los privados, aunque sometidos a limitaciones antimonopolísticas. Quizá a su amparo comiencen a surgir nuevos iniciativas independientes que puedan cambiar el panorama tal y como lo conocemos hoy día.

Pero es mucho suponer. De momento, nos tenemos que valer con el conjunto de iniciativas estatales y con la ingente labor independiente que miles de internautas de todo el mundo hacen a diario para hacer llegar información pura de primera mano, libre de interferencias económicas e incluso políticas. Las herramientas tecnológicas permiten convertir a cualquier individuo, no sólo en consumidor de información, sino en fuente emisora de noticias. No es poco, hay mucha tarea por delante. Pero sea bienvenido el enfado de Kerry con RT, es la señal de que el poder omnímodo, ya no lo es tanto, un mundo multipolar puede estar acercándose a unos clics de ratón…