fukuyama

Hay una maldición china que consiste en desear al enemigo «que viva tiempos interesantes», entendiendo por ello a situaciones de cambio o a crisis del status quo. Parece que en la cultura tradicional de aquel país se aprecia en exceso la estabilidad como condición primordial para llevar una vida placentera. Sin embargo, cuando la situación de partida o referencia es manifiestamente injusta, esperar que perdure para siempre, por el simple miedo al cambio, suele ser pura ilusión o, lo que es peor, una intencionada falacia.

Cuando, tras la derrota de la Unión Soviética, Francis Fukuyama proclamó solemnemente el «Fin de la Historia», muchos aplaudieron la supuesta llegada de un largo tiempo de paz y armonía planetaria. A pesar de las fundadas críticas que recibió su famoso ensayo, una auténtica soflama sobre el triunfo del capitalismo, nada pudo silenciar al ensordecedor coro mediático, político y académico que se sumó a las tesis del politólogo norteamericano, a la sazón asesor del Departamento de Estado de Estados Unidos y reconocido neocon.

Sin embargo, lo que sí es cierto es que en Europa muchos depositamos las esperanzas de cambio real y liberación en los países del sur, muy especialmente en Latinoamérica. Conscientes de que en el viejo continente todo estaba demasiado atado y bien atado, volvimos a colocar a los sujetos revolucionarios bien lejos de nuestras fronteras, aunque sin comprar —ni de lejos— las tesis de Fukuyama. Realmente, no dejaba de ser una especie de claudicación, pero también la asunción de una triste realidad: la gran dificultad de atraer a la población, de manera mayoritaria, a postulados de cambios radicales en cuanto a la concepción del estado y en la manera de entender la política.

Pero en el sur la cosa tampoco estaba nada fácil en aquellos tiempos. La desintegración de la URSS supuso un problema añadido a los movimientos de liberación latinoamericanos, que solían disponer, casi inmediatamente, de apoyo soviético para enfrentarse al poder omnímodo de Estados Unidos en su patio trasero. Paradójicamente, fue el ardor guerrero neocon el que empantanó al imperio en varias guerras que, progresivamente, fueron deteriorando la hegemonía norteamericana hasta niveles impensables, haciendo buena aquella máxima del Che Guevara de «1,2,3 Vietnams…»

Latinoamérica comenzó, pues, a liberarse del yugo norteamericano aprovechando que las miras imperiales estaban centradas en regiones muy lejanas y que, en la coyuntura del momento, al vecino del norte le resultaba imposible atender simultáneamente a tantos frentes diferentes. Así, aquel semáforo con el que Tomás Borge escenificaba la paralización de las alternativas de progreso en el continente, se tornó al fin en verde para Nicaragua, pero también para Venezuela, Ecuador, El Salvador… y cómo no, para Bolivia. Hoy el socialismo del siglo XXI es un referente para los movimientos emancipatorios de todo el mundo y uno de los catalizadores más importantes para el advenimiento de un mundo multipolar. Basta comprobar la posición del bloque bolivariano ante los recientes conflictos internacionales para sentir orgullo —y hasta envidia— de su independencia, libertad y solidaridad con los pueblos del mundo que sufren el acoso de los restos de un imperio genocida en descomposición. Podríamos citar como ejemplos a Libia, Siria, Irán, Ucrania, Palestina, a Julian Assange, a Edward Snowden…

Pero el camino no va a ser fácil. Como una bestia herida, los zarpazos que aún puede propinar un gran imperio en declive serán aún dolorosos. Ya hemos visto golpes de estado involucionistas, a la más vieja usanza, triunfar en Honduras o Paraguay y lo han intentado sin éxito en Venezuela, Ecuador o Bolivia. La actual campaña de desestabilización de Venezuela, agitad por los medios de comunicación internacionales, en un prístino ejemplo de la reacción del imperio ante la ola de libertad que recorre el continente. Ahí están también la reactivación de la IV Flota y la nueva hornada de bases militares que se construyen en países adscritos a los viejos vasallajes.

Tenemos mucho que aprender de los recientes procesos históricos vividos por los pueblos latinoamericanos. A la crisis del capitalismo salvaje en Europa, la Troika ha respondido con la imposición de las mismas políticas austericidas que las aplicadas por el FMI y el Banco Mundial a finales del siglo pasado al otro lado del Atlántico. En el sur del continente ya llevamos varios años sintiendo en nuestras propias carnes los mismos dramáticos resultados de este dislate. Ya es hora de que, en la anquilosada y autocomplaciente Europa, surjan movimientos de protesta que, desde las izquierdas, amenacen con sacudir las bases de la menguante democracia burguesa representativa, supeditada a los poderes económicos que escapan a cualquier tipo de control social y político. Salvando las distancias, tenemos un magnifico espejo en el que mirarnos.

Los hermanos latinoamericanos ya recorrieron ese camino hace años y están saliendo con éxito del círculo vicioso de recortes, recesión económica, menor recaudación impositiva, más recortes… con mayores dosis de democracia, soberanía, libertad, bienestar social, redistribución, equidad y justicia social. Los planes del gran capital para nuestro país y los de su entorno son absolutamente terribles: pérdida de derechos y libertades, eliminación del estado de bienestar, devaluación de las fuerzas del trabajo, desprotección social, etc. Es obvio que una lucha así de titánica necesita el concurso de todos y todas para que llegue a buen término y eso puede provocar cierta incomodidad que es lo que destaca la maldición china. Sin embargo, seríamos injustos si no aunásemos el sentido de oportunidad inherente a toda crisis, algo muy presente también en la cultura asiática. Hagamos pues, entre todos y todas, que los tiempos interesantes se conviertan en tiempos de progreso. En nuestras manos está.