Si no conseguimos remediarlo, todo indica que nos encontramos en los albores de una nueva guerra fra, o mejor, ante la reedicin de la guerra fra que comenz tras la segunda gran contienda mundial. Aunque las diferencias con aquella poca son notables, s que existen grandes paralelismos, como la naturaleza de sus principales protagonistas: Estados Unidos y Rusia. Tristemente, otra vez, el papel de Europa es el del convidado de piedra que asiste mudo a un juego que, mayormente, se juega sobre su propio tablero y, tambin,el del paganoquese hace cargo de la cuenta de los platos rotos.

En los ltimos tiempos, Europa no cesa de dispararse a los pies siguiendo las rdenes de Estados Unidos. A pesar de los acuerdos alcanzados tras a cada del muro de Berln, el imperio ha seguido, paso a paso, su premeditado plan para impedir el resurgimiento de Rusia, privndola de su esfera de influencia en el continente mediante golpes de estado disfrazados de revoluciones populares, rodendola de bases militares y, ms recientemente, de un escudo anti misiles que pretende desestabilizar los equilibrios estratgicos fraguados durantela segunda mitad del pasado siglo. Las razones esgrimidas por los portavoces de EEUU para este despliegue, siempre han sido taninverosmiles, que provocaran la risa de no tratarse de temas tan serios como la paz o la guerra, la vida o la muerte.

Estados Unidos ha temido siempre a una Europa fuerte e independiente que no necesitara del vnculo atlntico para subsistir. Del mismo modo, tambin ha mirado con recelo el modelo de estado social del viejo continente, sustentado segn los neocons, en el ahorro que supona la delegacin de la proteccin militar en las todopoderosas fuerzas norteamericanas. Las palabras enterraremos a los europeos que pronunciel cerebro de la campaa electoral de Bush, Grover Norquist, uno de los halcones que inspiraba el ideario republicano, no dejan lugar para la duda de quin era el rival ms temible para los EEUU. Una vez que Rusia abraz el capitalismo y renunci a extender su influencia poltica por todo el orbe planetario, no haba inconveniente alguno para que se produjera un acercamiento natural hace los vecinos del oeste, atados para siempre por indisolubles lazos histricos, geogrficos y culturales.

Pero una Europa Unida es mucho ms de lo que Estados Unidos est dispuesto a permitir. De ah los desesperados intentos, hasta ahora exitosos, de romper cualquier intento de integracin paneuropea. Hemos visto cmo la UE ha tenido que plegarse, de mala manera, a las rdenes imperiales que nos obligaban a adoptar un absurdo paquete de medidas sancionadoras que ponen en peligro la incipiente recuperacin econmica de la zona euro y que, incluso, es posible que signifiquen una nueva entrada en la temible recesin. Los empresarios alemanes, los ms afectados, estn consternados, lo mismo que muchosagricultores espaoles que ven cmo van a perder parte del mercado internacional para sus exportaciones por los delirios hegemnicos de la administracin norteamericana. Parece probado que loslderes europeos presentaron cierta resistencia, pero fue insuficiente a todas luces a tenor de las declaraciones del mismsimo vicepresidente Joe Biden:

Es verdad que no queran hacerlo. Pero EE.UU. asumi el liderazgo y el presidente de EE.UU. insisti en ello. A veces incluso tuvo que poner a Europa en una situacin incmoda para que actuara e hiciera pagar a Rusia.

Ms claro, el agua. Pero an queran ms, al dao producido por las sanciones y contra sanciones, ahora han ido un poco ms all al atacardirectamente al siempre frgil sector energtico. El boicot activo al gasoducto Southstream traer gravesconsecuencias a las economas europeas. No se trata slo de problemas a los socios industriales europeos por el abandono del proyecto, sino de la seguridad energtica continental e incluso del coste final de la energa que pagamos los ciudadanos. Parece que la UE ha preferido mantener la tensin en Ucrania y jugar la baza del chantaje conlosgasoductos rusos que atraviesan el pas, antes que asegurarse su propiosuministro. Es lgico que Estados Unidos pretenda vender a Europa sus excedentes de hidrocarburos extrados mediante fractura hidrulica, pero jams saldr a precios competitivos frente al gas ruso, sobre todo teniendo en cuenta el transporte por barco y los costes de licuado. De nuevo un mal negocio empujados por intereses ajenos y por hacer seguidismoa indeseables polticas guerreras. Otro tiro al pie. De seguir as cada vez nos costar ms caminar.

Ahora, la llave surea del gas estar en manos de un imprevisible Erdogan, un peligroso presidente que juega a la vez todas las cartas polticas y econmicas posibles, incluida la del apoyo al terrorismo de al Qaeda y del Estado Islmico. Desde luego, la seguridad energtica no es un tema tan banal como para dejar en manos de semejante autcrata. La Unin Europea debera asumir de una vez la mayora de edad y definir los lineamientos fundamentales de su poltica exterior en funcin de sus propios intereses y no de agendas externas. No somosuna repblica bananera ni debemos fundamentar nuestra accin exterior en la potencia de nuestras armas sino, al menos, en valores universales como la defensa de los derechos humanos y del estado social de derecho frente a la ley de la selva que preconiza el capitalismo salvaje. Esa fue siempre la marca Europa, aunque cada vez quede menos de ella…

Copyleft Juanlu Gonzlez