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La Unión Europea ha sacado a Hamás del listado de grupos terroristas. Aunque nos haya pillado por sorpresa, era algo que, tarde o temprano, tenía que suceder. Ejercer la legítima resistencia ante un invasor tirano no es terrorismo, es una obligación que queda avalada por la carta de Naciones Unidas que permite la resistencia con todos los medios a su alcance frente a los invasores.

Pero como Israel tiene patente de corso en Occidente, quien se opone a sus masacres, a sus crímenes de guerra, a su terrorismo de estado, a sus asesinatos selectivos… son tachad0s de inmediato como peligrosos terroristas que no merecen ningún derecho ni consideración, y son desnaturalizados y deshumanizados en aras a justificar nuevas violaciones de derechos humanos sobre ellos y los que los apoyan.

Lo que sorprende es cómo afirman que se tomó en su día una decisión de tanta trascendencia. En vez de estar adoptada en función de sesudos estudios jurídicos y de concluyentes pruebas, ahora el Tribunal Europeo admite que se hizo con informaciones de medios de comunicación e internet. O sea, que si el New York Times o Le Monde afirmaban que Hamas se merecía estar es esa lista negra, la Unión Europea daba las informaciones mediáticas por buenas, dejándose llevar por las tendenciosas líneas informativas de sus patronos, aunque ello supusiese abandonar sobre el terreno cualquier posibilidad de paz durante lustros, justificando de facto el bloqueo criminal de Gaza y las sucesivas matanzas israelíes enmarcadas en las guerras sionistas «contra el terrorismo».  Uno le supone a sus mayores un poco de seriedad y rigor, aunque no comparta sus postulados ni sus principios. Estamos, también en la UE, en manos de una panda de irresponsables e inútiles sin el menor atisbo de inteligencia, ni democracia ni mecanismos de control por parte de la ciudadanía que pudieran modularlos.

Como ateo militante, Hamás no puede ser santo de mi devoción. Sin embargo, es el representante legítimo del pueblo palestino y merece todo el respeto y la admiración del mundo. Occidente no puede pedir democracia a Palestina y, cuando este pueblo vota en libertad algo que no les gusta, promover un golpe de estado contra los vencedores o declararlos terroristas, negándoles el derecho a la simple existencia. Esa política, supuestamente tomada de oídas, ha sido la responsable de miles de víctimas inocentes, de la destrucción y demolición recurrente de Gaza y del empantanamiento definitivo del «proceso de paz», que nunca existió, pero al que se vinculó la única salida posible al laberinto israelí.

Siempre he defendido públicamente que las últimas masacres en Gaza no le iban a salir gratis a Israel. El movimiento de repulsa ante tanta crueldad innecesaria, ante tantos crímenes contra la Humanidad, ha sido el dar pasos adelante en torno al reconocimiento de Palestina como nación. Suecia, Reino Unido, Francia, España y el Parlamento Europeo —hoy mismo—  han reforzado la capacidad negociadora de la parte más débil del conflicto y han sacado de sus casillas a Netanyahu, que pretendía elevar el estatus quo provisional de ocupación hasta el infinito para seguir robando tierras y más tierras en Cisjordania y Jerusalén.

Es en este contexto en el que se ha producido la legitimación internacional de Hamas. Ante la cerrazón inmovilista del gobierno ultra y fundamentalista de Tel Aviv, el mundo se está moviendo rápido a su alrededor y es seguro que ya nada será como antes de la última «guerra» de Gaza. Ahora sólo falta rematar la faena, tanto en la ONU, como en el Tribunal Penal Internacional, como tras la Línea Verde fronteriza que delimitará el futuro estado palestino.

Copyleft Juanlu González

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