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Tratar políticamente en Europa asuntos relacionados con Israel siempre es algo complejo. Aquí siempre ha sido un tema tabú, quizá porque hemos sido los culpables del problema y los culpables de la solución que ha generado más y más problemas. Quizá porque la Industria del Holocausto se ha cebado particularmente en el Viejo Continente y más en Alemania por razones obvias, hemos pasado en cierto modo de abordar un conflicto complejo a sentirnos acomplejados por él. Es obvio que falta una Industria de la Nakba, el Desastre Palestino, con museos y exposiciones en Europa y América contando el genocidio de un pueblo que nada tenía que ver con las atrocidades cometidas por otros a miles de kilómetros de distancia. Del otro lado también existe una industria del cine que machaconamente se ceba en lavar mentes y conciencias creando falsos mitos sobre el pueblo de Israel o la tierra de Israel, elevándolos a la categoría de históricos a pesar de ser cuentos sin fundamento. O unos medios de comunicación que sitúan recurrentemente al holocausto judío en primera fila de la información o de la opinión a pesar de haber sucedido bastantes años atrás. Si hubiese cierta mínima reciprocidad en los medios, si existiese un mínimo respeto por la verdad, Europa sí que se sentiría acomplejada y sentiría como algo suya la situación por la que pasa el pueblo palestino. Desde luego, donando dinero para infraestructuras que luego son destruidas por Israel no se puede sacudir la responsabilidad de haber acabado con un pueblo que vivía en paz hasta que metieron sus zarpas en él.

No se puede seguir eternamente siendo rehenes de sólo una parte de los hechos execrables acontecidos en el pasado hasta el punto que nos nieguen la libertad para expresarnos o la de actuar en función de principios éticos, morales o políticos universalmente aceptados. La vieja Europa carga con estas pesadas servidumbres, impelida en buena parte por seguir enganchada a la locomotora —ahora gripada— alemana y por la irresponsable dirección de su maquinista que nos conduce por la catástrofe en la que anda sumido el continente.

Sólo en este contexto es posible entender la tibia resolución de apoyo a Palestina aprobada por el Parlamento Europeo. Muchos pueden pensar que se trata de un hecho verdaderamente histórico, pero más bien es otra oportunidad perdida para impulsar una justa resolución del conflicto israelí. Todo indica que las malas artes del Partido Popular europeo lograron retrasarla durante un tiempo y rebajar el alcance de su contenido con la amenaza de votar en su contra. Resulta cuando menos curioso observar cómo la derecha y la ultraderecha mundial, los neoconservadores y los cristocons se han convertido ahora en los máximos defensores del estado de Israel.

La resolución apoya la idea de los dos estados, las fronteras de 1967 y Jerusalén como capital de ambos países. Hasta ahí normal, esa es la letanía oficial que se escucha en todas las cancillerías del mundo desde hace muchos años. Sin embargo, lo condiciona todo a negociaciones bilaterales que, ni existen, ni se las espera y que, realmente, no han existido nunca, ya que Israel ha jugado con los tiempos para robar el máximo de tierras palestinas y acabar el proceso de limpieza étnica de Jerusalén. Tampoco el europarlamento se digna a a ponerle fecha al fin de las dilaciones, ni si quiera cuando el debate político en el Consejo de Seguridad gira en torno a la finalización de unas conversaciones que uno de los interlocutores, el más poderoso, desea que sean eternas, usando el status quo sin delimitar las fronteras propias o ajenas para continuar el latrocinio.

Por un lado, Palestina y la Liga Árabe —o lo que queda de ella—apuestan por finalizar de una vez con la proclamación del estado palestino, pospuesta desde 1948, para como máximo, noviembre de 2016, fecha en la que Israel habrá de abandonar todas las colonias ilegales en Cisjordania y Jerusalén; mientras que países como Francia (y con ella Europa) sólo quieren poner fecha límite a las negociaciones, sin que esto conlleve otro tipo de consideraciones y sin tener en cuenta que esta vieja fórmula ha fallado ya innumerables veces y volverá a hacerlo de nuevo, algo que el ocupante agradece al gobierno sionista francés.

Con el poder de veto norteamericano usado una y otra vez para perpetuar la ocupación, es bien posible que no se alcance ninguna solución diplomática en el seno del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, pero el rol de Europa es, una vez más, absolutamente melifluo e inútil en el actual contexto, un rol que favorece a Israel y a sus planes expansionistas. No se puede negar que el reconocimiento del Parlamento Europeo sea un paso importante, pero no aportará la presión necesaria sobre el ocupante para obligarlo a acudir a la mesa de negociación con el horizonte del abandono de las tierras ocupadas por la fuerza de las armas, muchas de ellas vendidas inmoral e ilegalmente por países europeos, contraviniendo incluso la propia normativa interna de la Unión Europea y sus códigos de conducta en esta materia, que obligan a cesar las exportaciones cuando su material militar se emplee para agresiones externas o represión interna, algo que se suelen pasar por el Arco del Triunfo parisino y la Puerta de Brandenburgo berlinesa.

Copyleft JuanLu González

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