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Gramsci, Rosa Luxemburgo y muchos otros pensadores marxistas tenían como lema la conocida frase de Ferdinand Lasalle: «la verdad es siempre revolucionaria», que se ha convertido en una de los asertos o máximas más habituales de los círculos contrainformativos de todo el mundo que luchan contra el monopolio de la comunicación en manos de los poderosos. Desde entonces, ha sido adoptada, adaptada —incluso atribuida— a muchos otros políticos e intelectuales. La versión que prefiero de todas ellas es la de George Orwell, más apropiada para los tiempos en que vivimos:

«en una época de engaño universal, decir la verdad es un acto revolucionario».

Es una obviedad que un imperio global necesita sustentarse sobre las bases del dominio incontestable de los medios de información globales. Estados Unidos, mediante ejercicios de manipulación informativa y del control de todo lo publicado se ha permitido atacar, invadir, destruir, apoderarse o interferir significativamente en no menos de cien ocasiones durante el último siglo en la práctica totalidad del planeta. Con alrededor de mil bases militares dispersas por todo el mundo ha ejercido un férreo control de los recursos naturales, especialmente de los energéticos, sin apenas contestación, especialmente después de la caída del muro de Berlín. No obstante, para justificar tanta atrocidad, tanto latrocinio, tantas matanzas, los voceros norteamericanos siempre recurrían a la invocación de valores universales cuya defensa usaban como pretexto para cometer sus crímenes contra la Humanidad. Libertad, Democracia, Justicia, Paz en boca de los dirigentes de EEUU, ha significado poco menos que el Apocalipsis. Millones de muertos avalan esta aseveración.

Los estados que no estaban instalados en sus posiciones, los que pretendían poner los recursos naturales y geoestratégicos al servicio de su propia ciudadanía eran calificados de países que apoyaban el terrorismo o de miembros del eje del mal. Sus líderes eran sistemáticamente deshumanizados, para posteriormente justificar su derrocamiento, su asesinato, su liquidación.

Las pruebas para justificar tanta barbarie eran cuidadosamente elaboradas en las cocinas de propagandistas. Recordemos aquella niña que afirmaba en la ONU cómo las tropas de Saddam Hussein supuestamente mataban a bebés en incubadoras de hospitales de Kuwait que luego se descubrió que fue un montaje, lo mismo con aquella imagen del cormorán petroleado, convertido en imagen de una marea negra que no existió como tal, con una especie que tampoco existía concretamente en aquella zona. También podríamos hablar de las armas de destrucción masiva de Irak que justificaron centenares de miles de asesinatos, del inexistente programa nuclear militar  de Irán con el que mantienen sanciones y un cerco militar sobre la República Islámica, de los bombardeos inexistentes del gobierno de Gadafi sobre manifestantes con el que provocaron su ejecución y la destrucción de Libia, etc., etc.

Para conseguir sus fines, Estados Unidos no ha dudado en utilizar a los tiranos más sanguinarios del planeta siguiendo aquella doctrina de Roosevelt que versaba «será un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta» con el que justificaba el apoyo de fascistas liberticidas a sus políticas en todo el mundo. Pero tampoco le ha hecho caso al uso de terroristas como sus mercenarios. La creación de al Qaeda es obra de los servicios secretos norteamericanos, eso es algo admitido por sus propios dirigentes. También el surgimiento del Estado Islámico tiene mucho que ver con Estados Unidos, ya sea por acción u omisión. Claro que cuando los «hijos de puta» terroristas trabajan bajo sus órdenes, como en Siria, se les llama «rebeldes», civiles desarmados e incluso adalides de la democracia y la libertad.

Tanta manipulación y tanta tergiversación de la realidad es impensable sin un aparato mediático y propagandístico a pleno rendimiento 24 horas, 365 días al año. El mecanismo de funcionamiento está perfectamente explicado, por ejemplo, en los múltiples trabajos de Chomsky sobre el papel de los medios corporativos en la forja de la opinión pública y su relación con la política exterior del imperio. Se basa en la propiedad privada de los medios, en la pertenencia de los mismos a multinacionales de la opinión con contratos muy dependientes de licencias del estado, en la supeditación a la publicidad privada e institucional por encima de las ventas de periódicos, en la necesidad de la información facilitada por gabinetes de prensa oficiales, etc., etc.

Sin embargo, los avances tecnológicos, la era digital y en especial la irrupción de Internet, ha trastocado estos desequilibrios. Hoy en día es posible recibir información directa de sus protagonistas sin ningún tipo de filtro, los estados considerados parias por el imperio, ya pueden hacer oír su voz sin demasiados problemas en la web o incluso por televisión satelital. Cualquier persona es posible que se convierta en un pequeño medio de comunicación o en un nodo multiplicador de información no corporativa, políticamente incorrecta.

Pero además, estados como Rusia, como la gran porción de la América Latina liberada o países amenazados como Irán han lanzado medios antagonistas del mainstream general liderado por EEUU. De entre ellos destaca sobremanera RT, tanto por su nivel de audiencia, como por su omnipresencia, ya que existen versiones en castellano, inglés, ruso y árabe y transmisiones en abierto en un número creciente de países entre el elenco de cadenas públicas. El monopolio informativo norteamericano ya se ha roto, la dictadura mediática sufrida por la opinión pública ya no es efectiva, la libertad de información —tan cacareada por Estados Unidos— es un hecho sólo gracias a RT, a Telesur, a HispanTV… y a tantos otros medios públicos, a tantas iniciativas comunitarias, a tantos blogueros librepensadores.

¿Qué les queda ahora a aquellos que han ejercido el control omnímodo de la información publicada en el mundo, a aquellos que la usaban para cometer crímenes en todo el mundo? Lógicamente, tratar de desprestigiar a aquellos que han logrado romper el monopolio en todo el mundo. Por eso RT ha sido blanco reciente de diversos ataques provenientes desde el círculo más cercano del mismísimo Obama. Sin embargo, esta vez han ido más lejos, la comparación efectuada entre RT y el Estado Islámico es un exabrupto incalificable. Calificar de terrorista a un medio de comunicación dice bien poco de los que la han efectuado. O más bien dice mucho. Denota el poco respeto a la libertad de información que profesa Andrew Lack, el jefe de la Junta de Gobernadores de Transmisiones de EEUU; denota su gusto por la censura; pero también la rabia por haber perdido el monopolio de la comunicación y un analfabetismo geopolítico de órdago.

No obstante, ser objeto de una sandez de esta envergadura, viniendo de donde viene, puede ser considerada más como un halago más que otra cosa. Se me viene a le mente otra frase, esta más popular, para definir la actitud del gobierno norteamericano frente a la cadena RT: «Ladran, luego cabalgamos».

 

Copyleft Juanlu González

biTs RojiVerdes

#InformarNoEsMatar

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