Contra la euforia general desatada por la consecución del Tratado Internacional de Prohibición de las Bombas de Racimo, siento tener que decir que, a pesar de todo, sí que caben motivos para el desánimo. ¿Por qué?, porque, a pesar de que ha sido ratificado por más de 100 países —entre ellos España—, no lo han firmado los estados que realmente hacen uso de las mismas contra la población civil. Los ejemplos los tenemos bien presentes y cercanos: Irak y Líbano, donde Israel lanzó decenas de miles de estas minas para hacer el máximo daño posible una vez asumido que Hezbollah los había derrotado sin paliativos.

Lo bueno del caso es que las bombas de racimo quedarán denostadas para siempre y condenadas de tal manera que quienes se atrevan a usarlas de nuevo quedarán en evidencia ante la opinión pública mundial más de lo que lo estaban haciendo hasta ahora. Algo es algo.

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