Como era de esperar, el asunto de las torturas a los presos de guerra iraquíes ha sobrepasado el umbral de lo políticamente o públicamente admisible. A pesar de que ahora se pretende minimizar el affaire presentándolo como simples casos desconexos, se trata de algo bastante más general, continuado y dirigido de lo que podría soportar un gobierno que pretende aparecer como demócrata ante su opinión pública y, lo que es peor, que pretende imponer su modelo por la fuerza.

Se nos presentó la invasión como una intervención del eje del bien contra poco menos que los representantes de Belcebú en la tierra. Ahora, los límites maniqueos de la propaganda se han difuminado e incluso invertido. Las primeras vejaciones se van tornando a medida que conocemos más datos en abusos, violaciones —más de 200—, asesinatos en cárceles, privación sensorial, palizas, ataques con perros, enterramientos en hielo… torturas, torturas y más torturas.

Dicen incluso que lo peor está aún por llegar. Eso es lo que afirma Wolfovitz, el halcón del Pentágono, quien posee muchas más pruebas de lo que viene sucediendo desde el inicio de la invasión y que ha tenido que asumir —para regocijo de Powell— la responsabilidad de las torturas.

No sabemos el parapeto de Bush cuánto tiempo aguantará. De momento el presidente parece que ha ligado su futuro a la suerte de Rumsfeld. En Irak funciona incluso una especie de top manta en el que se venden o intercambian las mejores fotos o vídeos de las torturas contra la población iraquí.

Inmediatamente van a comenzar determinados procesos judiciales para tratar de calmar a la nación árabe. Pero en su defensa, ya comienzan a alegar los cabezas de turco que actuaron siempre por directa indicación de sus superiores. Esos mismos que nunca les informaron de la existencia de la Convención de Ginebra, ya que los norteamericanos no deben someterse a ninguna ley de carácter internacional. Para sus soldados y buena parte de la población los iraquíes son terroristas, no son humanos y por tanto, no pueden poseer ni reclamar derecho alguno.

Con este tipo de actitudes, es bien fácil pensar cómo le lavan el cerebro a la tropa antes de una intervención. Muchos piensan que con su acción están vengando a los paisanos que murieron en el 11S. Otros están convencidos de que estarán salvando al mundo de futuros o presentes terroristas. Pero los mercenarios occidentales han demostrado con creces la bajeza de su misión y la podredumbre moral que representan. Seguramente habrán rodado varias snuff movies que satisfarán los morbosos deseos de mucho enfermo mental de las sociedades industriales avanzadas. No habrá que esperar mucho para bajar lo más “light” de estos materiales en las redes de intercambio de archivos P2P para escarnio, no ya del humillado, sino del humillador.

Pero lo peor de todo es que siguen dando alas al terrorismo ese que dicen combatir. En una espiral sin fin de retroalimentación continua, ante la vista de estas imágenes de los nuevos cruzados, tan brutales como los de antaño, los musulmanes sentirán la humillación como persona y como colectivo y, por ende, los deseos más naturales de venganza. Pocas palabras bonitas deben estar saliendo de las bocas de los imanes —suníes o shiíes— de las mezquitas de todo el mundo.

Y poca paciencia debe quedarle ya a los ulemas y religiosos moderados o colaboracionistas con el invasor para dar el paso que ya dio Al Sadr. Ese temido momento puede estar ya cerca. Entonces sí que hablaremos de un segundo Vietnam. Ni la dimisión de Rumsfeld, ni juicios televisados contra los ejecutores de las torturas podrán mejorar la imagen de los EEUU (y de Inglaterra y Australia) en el mundo árabe. Bush, Blair y los suyos las conocían desde el año pasado y no hicieron nada por evitarlas ni por castigar a los culpables. Duros tiempos se avecinan para ambos. Su manifiesta debilidad interna y externa puede hacer pensar que es el mejor momento para iniciar una iniciativa diplomática en Naciones Unidas y la Liga Árabe para acabar con tamaño desaguisado. Dejar pasar esta oportunidad en un momento coyuntural extraordinario sólo conllevaría más costes humanos y materiales y el alargamiento indefinido del conflicto. Los invasores no podrán ganar esta guerra colonial enfrentados a todo un pueblo. Cuanto antes se den cuenta de ello, será mejor para todos.

Copyleft Juanlu González
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