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Vivimos en la Era de la Información, de eso no cabe la menor duda, al menos en gran parte del planeta. La irrupción de las tecnologías de la información y la comunicación ha cambiado el paradigma de nuestra sociedad hasta el punto de que, para muchos investigadores, esta ya es una sociedad postindustrial, la sociedad de la información.

Internet se sitúa en el eje central del nuevo modelo, ya que ha sido capaz de democratizar la creación y la distribución de la información, la forma de trabajar, de descansar, de hacer circular el conocimiento e incluso de modificar la forma en se producen las relaciones interpersonales.

No obstante, gran parte de los sueños libertarios asociados al manejo del saber y del fin del monopolio de la información no han llegado a producirse en la medida esperada. Al contrario, a pesar de la apertura de nuevos espacios de libertad, estos no han llegado a adquirir la relevancia deseada y, en cierto modo, vivimos una involución política sin precedentes. De otra manera no puede explicarse que, propuestas económicas —como por ejemplo las nacionalizaciones de los sectores estratégicos— aceptadas sin problemas por la socialdemocracia capitalista en los años setenta del pasado siglo, hoy sean presentadas por los partidos mayoritarios y por la opinión pública como medidas revolucionarias, incendiarias, utópicas… y sean ampliamente rechazadas por los medios de comunicación masiva.

La concentración de medios de comunicación, alentada por el gran capital o la supeditación de estos a grupos de poder establecidos, ha simplificado el panorama mediático de tal manera, que es muy difícil escapar a su mortal abrazo. En cierto modo, parafraseando a Ignacio Ramonet, sufrimos en nuestras propias carnes la tiranía de la comunicación, la tiranía de los medios de comunicación. Lo peor es que también se han simplificado y banalizado los mensajes que fluyen por los canales masivos hasta el punto de que la adscripción política de la mayoría de la población tiene más que ver con el marketing o con la elección de un equipo de fútbol a quien seguir ciegamente para toda la vida, que con profundas convicciones derivadas de la confrontación de distintos modelos sociales.

La reacción de una parte de la sociedad ha sido la pura irrelevancia, el ostracismo. No en vano nuestros medios están considerados como los menos creíbles de toda Europa y los segundos menos creíbles del mundo, tras los de Estados Unidos, nada más y nada menos. Sin embargo, el cuarto poder tiene aún la capacidad de marcar el terreno de juego y echar del partido a los que no cumplan sus reglas, quizá por la influencia que ejercen sobre la vieja clase política. Eso fundamenta, en cierto modo, el lamento de Carmena estos días atrás: la nueva política requiere de nuevos medios no hostiles hacia ella, al margen de los grupos de poder que la han manejado hasta ahora.

Muy pocos dudan de que Gadafi era un asesino de su propio pueblo, a pesar de que nunca hubo pruebas que lo demostraran y que todo apunta a que fue un montaje mediático y político para provocar su magnicidio. Pocos dudan en el mundo de la existencia de un programa nuclear militar de Irán, aunque llevara alrededor de una década abandonado como indicó incluso la CIA. Tampoco serán muchos o muchas quienes se pregunten dónde están las pruebas que vinculan a Bin Laden con el 11S, ¿alguien se acuerdan que eran secretas y que ni a Aznar se las dejaron ver? ¿por qué ese acto de fe ante mentirosos compulsivos?

Nadie que pretenda ser tomado en serio, en consideración, que quiera ser aceptado socialmente, puede salirse del campo marcado de antemano por los medios y los grupos económicos que los manejan. El más claro ejemplo de ello lo hemos vivido estos días con la actitud de Pablo Iglesias ante la sentencia de Leopoldo López, frente a la opinión expresada por Juan Carlos Monedero en su blog personal. Mientras el líder de Podemos se ha sumado al coro casi unánime de protesta ante la condena de cárcel de 13 años del engendro político violento y antidemocrático norteamericano, Monedero, ya sin responsabilidad orgánica en el partido, con total libertad de pensamiento y opinión, lo ha comparado poco menos que con un terrorista y agitador con resultado de muertes, algo mucho más parecido a la realidad que la visión edulcorada fabricada por Felipe González o por el PP, asumida sin rubor por Pablo Iglesias, a pesar del dolor de las víctimas a las que se niega visibilidad.

Puede entenderse que es un cálculo político, que no puede decir la verdad sin que lo fusilen al amanecer en un paredón de papel prensa, pero no deja de ser una claudicación más ante un sistema corrupto al que se ayuda a perpetuar con actitudes como esta. Leopoldo López es un golpista reincidente y el responsable de decenas de muertes y disturbios en Venezuela. Hay centenares de pruebas que lo demuestran: vídeos, fotografías, grabaciones telefónicas… Sólo es cuestión de querer verlas y analizarlas, aunque la «prensa libre» de nuestro país se empeñe en ocultarlas o en no tomarlas en consideración.

El problema es que, como comentábamos al anteriormente, el terreno de juego de lo políticamente correcto no cesa de menguar año tras año. A pesar del soplo de aire fresco que supuso la irrupción de internet en el panorama informativo, se echan de menos nuevos medios de masas dirigidos por verdaderos profesionales no mediatizados por grupos de poder o económicos, con independencia de las agencias informativas globales y la suficiente apertura y altura de miras para defender a capa y espada la verdad, por muy incómoda y molesta que pueda resultar. Mientras eso no ocurra, cualquier cambio profundo y duradero en la opinión pública y en correlación de fuerzas políticas de nuestro país se antoja muy muy complicado.