2016 ha entrado por la puerta grande en lo que a noticias de política internacional se refiere. Tras más de una década de acoso y derribo occidental contra Irán, a seis meses de haberse firmado el acuerdo entre la República Islámica y el G5+1 y después de que la AIEA haya emitido informes favorables que certifican el cumplimiento de las condiciones pactadas, por fin se han levantado las sanciones que asfixiaban a la economía y la población persa.

A partir de este momento, a Irán se le ha retirado la etiqueta de estado paria para, sin lugar a dudas, volver a ocupar un lugar destacado en el concierto de las naciones. El lugar que le corresponde por su tamaño, su historia, su economía, sus recursos naturales y —¡cómo no!— por su influencia religiosa en una parte significativa del mundo musulmán.

Los grandes perdedores de este gran pacto por la distensión regional son, obviamente, los regímenes de la zona más partidarios de la guerra: Arabia Saudí e Israel. Pero el acuerdo también ha levantado ampollas entre los republicanos norteamericanos y entre muchos halcones demócratas sionistas. El conflicto con las monarquías suníes del Golfo no es un asunto únicamente de índole religiosa, como a veces pretenden hacernos creer, sino más bien de tipo petrolero. No hay más que ver cómo han reaccionado las bolsas de estos países para darse cuenta de que es pura economía. De momento Irán, va a insuflar al mercado medio millón de barriles diarios de crudo, pero nadie duda de que se alcanzarán los dos millones de barriles en los próximos meses. Así que, Arabia Saudí, cuya guerra petrolera le está costando más costes de los que ya puede afrontar, va a tener que enfrentar más y más recortes e, incluso, el descontento de gran parte de la población. Algunos se aventuran a predecir el inminente fin de la casa de los Saud, pero es apostar  demasiado alto, por mucho que su desaparición sería un gran paso para la Humanidad en su conjunto.

Israel, por su parte espera, como premio de consolación, que el acuerdo sirva para reforzar la cooperación militar con Estados Unidos, aunque no ocultan su apuesta por el partido republicano —o por Hillary Clinton— para volver a manejar directamente los hilos de la Casa Blanca.  Obama, que no las tiene todas consigo en el frente interno, se ha inventado un nuevo programa de sanciones con la excusa de su programa de desarrollo de misiles, intentando demostrar que las hostilidades contra Irán aún siguen vigentes, en un movimiento inefectivo diseñado ex profeso cara a su opinión pública patria.

Pero, salvedades aparte, la mayor parte de los países de occidente celebran la vuelta al mercado de un actor como Irán y se frotan las manos con el avión de dinero fresco que va a comenzar a circular tras la rehabilitación diplomática de la República Islámica. Provoca sonrojo ver cómo países que hasta ayer participaban en operaciones para derrocar al gobierno persa, se disputan ahora sus favores y claman por unas migajas de inversión con las que puedan superar la atonía económica crónica que padecen. Particularmente patéticas me parecen las declaraciones de nuestro ministro de exteriores, José Manuel García-Margallo, en las que «gracias a Dios» se han conseguido anticipar a otros países y se han colocado en buena posición de salida para acordar muchos proyectos conjuntos de futuro, entre los que destacan una refinería en el Campo de Gibraltar (uffff) que podría producir hasta 200.000 barriles diarios.

Desde luego que no es una mala noticia que estrechemos las relaciones con Irán, pero ya podían gobiernos como el español pedir disculpas por haberse alineado durante una década con una política de agresión inhumana basada en falsos postulados. Todo el mundo sabe fehacientemente que el programa nuclear iraní era y es absolutamente pacífico y de naturaleza civil, tal y como hemos defendido ininterrumpidamente en estas páginas desde hace muchos años. Sumarse a la estrategia de las sanciones, apoyar la injerencia para subvertir los sucesivos resultados electorales, callar ante los asesinatos, los sabotajes o los atentados manejados desde el exterior, ha causado un grave daño a la población persa. Sólo la determinación del pueblo iraní ha logrado superar esta afrenta con éxito. Más de un gobierno, más de un político —y muchos periodistas— deberían pedir perdón y entonar el mea culpa antes de que se le permitiese entablar relaciones comerciales con esta gran nación, llamada a convertirse en uno de los pilares fundamentales de Medio Oriente, le pese a quien le pese.