Cuando estudiaba inglés en el instituto, allá por el milenio pasado, recuerdo que la profesora se paró más de lo normal en explicarnos el significado amplio de una palabra que le siempre le había parecido curiosa. Se trataba de ’abroad’. Para ella, era importante porque pensaba —no sé si con mucha fortuna—, que resumía un poco el espíritu británico. Abroad significa lo extranjero, pero también lo que está más allá del mar, lo que está en el exterior, fuera de casa. Ella veía en el amplio uso de esa acepción un ejercicio de puro etnocentrismo, pero parece claro que, de comprarle la premisa, también podía ser el natural reflejo de la sensación de vivir en una isla, sustantivo del que deriva la palabra aislado.

Sea como fuere, para Gran Bretaña, Europa, incluso en los últimos tiempos, siempre ha sido el extranjero. La voluntad de construir unos estados unidos de Europa jamás ha estado en la agenda británica, todo lo contrario, como mucho su integración limitada, ahora a la carta, sólo ha sido un matrimonio de conveniencia económico, nunca ha ido más allá, nunca ha habido el más mínimo amor. Es más, esta pareja se ha parecido más a un trío amoroso y las fidelidades de la pérfida Albion han estado siempre más del otro lado del Atlántico.

Y es que, tradicionalmente, el Reino Unido, más que como socio europeo, se ha comportado como un portaaviones norteamericano anclado frente a las costas del viejo continente. Pero, si finalmente vencen los partidarios del Brexit, probablemente se convierta también en el caballo de Troya que le propine la puntilla al proyecto europeo. Es más, si son derrotados, las concesiones que les han otorgado a Cameron para que pueda convencer a los euroescépticos menos radicales, es posible que sienten un peligroso precedente que acabe igualmente por destruir, a la larga, el proyecto de integración europeo desde dentro.

Personalmente, me encantaría que Gran Bretaña abandonase definitivamente la Unión Europea. Y ello por varias razones que nada tienen que ver con animadversión al pueblo británico. Primero porque, de marcharse, lo harían atendiendo a la voluntad libremente expresada por su ciudadanía, algo que lo que me provoca es sana envidia democrática ante las carencias participativas de nuestro régimen postfranquista.

Segundo, porque empatizo con la idea de que muchos votantes se estén posicionando en contra de que se ceda soberanía y que esta resida overseas. Obviamente no por el problema de la xenofobia frente a la inmigración que es el que está más en el candelero, sino porque el conjunto de las soberanías nacionales, a las que tan dolorosamente ha habido que renunciar, se usen para favorecer a la banca europea o a las multinacionales y no a la mayoría social del continente.

Tercero, porque enseña un camino de salida que, hasta ahora, no parecía ser tan obvio. Cuando las políticas europeas estén perjudicando gravemente a un país siempre se podrá recurrir a la amenaza de un referéndum o practicar la desobediencia a las directivas o acuerdos que no nos agraden o convengan. El precedente británico tiene esa virtud, que puede y debe ser extrapolable.

Así las cosas, si Merkel y los suyos siguen tensando la cuerda, es muy posible que acaben rompiendo su juguete. El euroescepticismo está alcanzando cotas de popularidad nunca vistas ente la población de la UE. La extrema derecha campa a sus anchas en medio continente. O cambian las políticas de austericidio o la desafección de la ciudadanía por las instituciones comunitarias pondrá en riesgo todo el proyecto de integración europea, máxime si no se congela el infierno económico si Gran Bretaña, finalmente, opta por encerrarse de nuevo en su búnker insular otra temporada histórica.

Compartir

Deja un comentario