Spain's Prime Minister Rajoy tries to get the attention of his Turkish counterpart Erdogan at the start of a news conference during their one-day summit meeting at the Moncloa Palace in Madrid

Cuando apenas comienzan a despejarse las dudas sobre el extraño golpe de estado acontecido en Turquía el pasado fin de semana, sólo hay una cosa cierta: Erdogán está ejecutando, ante los ojos de todo el mundo, un verdadero golpe de estado institucional. No hay ninguna otra manera de catalogar la situación que vive el pueblo otomano estos días. Podrán aducirse todas las justificaciones que se quieran, se podrá hablar de legítima defensa, podrán invocarse las alianzas geoestratégicas que se quieran, se podrá incluso decir que el sultán es nuestro hijodeputa en la zona y que es un mal menor, pero la caza de brujas y las purgas de decenas de miles de personas de todos los estamentos del estado y la sociedad turca, no puede recibir otro nombre.

Lo que, en los primeros momentos parecía únicamente una sonrisa del destino, una chapuza militar calificada por Erdogán como «un regalo de dios», se está convirtiendo en un entramado que apunta claramente al propio presidente, quien pudo urdir una trampa para liquidar por completo a los pocos oponentes que quedan dentro del país y a alguno significado de fuera. La hipótesis del autogolpe completo es más difícil de sostener. Lo más plausible es que Erdogán hubiera alentado una asonada de los sectores laicos del ejército o que, simplemente, dejara que sucediera un golpe que sabían positivamente que no triunfaría.

Un diario turco afirma sin ambages que la todopoderosa Organización Nacional de Inteligencia de Turquía, el MIT, estaba al tanto de la asonada, como también sus fuerzas armadas. El sultán sólo tuvo que refugiarse y sentarse a esperar, mover a los imanes de las mezquitas y sacar las listas de opositores políticos que, pacientemente, llevaba años confeccionando. La oposición, incluida la kurda, convencida del fracaso de la intentona, no movió sus piezas por temor a ser pasados a cuchillo en los menús de venganzas calientes y frías que, sin duda, se servirían rápidamente desde las cocinas del palacio presidencial.

Días antes se ganó el apoyo ruso (e incluso el sionista) mediante una carta de disculpas por el incidente del avión SU-22 derribado en la frontera siria. Los pilotos, en un acto de deslealtad de su propio ejército, fueron incluso detenidos varios días después. Muchos analistas esperan igualmente un cambio de actitud radical hacia Bashar el Assad y el conflicto con el país vecino. Y es precisamente ahí, donde algunos medios colocan el origen del fallido golpe. Poco antes del mismo, la web Al Masdar publicó las amenazas del ministro de exteriores de Arabia Saudí a Turquía por abandonar el frente común para derribar al legítimo gobierno de Damasco. Pues bien, justo hoy mismo Al Manar recoge unas declaraciones del ex emir de Qatar, Hamad bin Jalifa al Zani, donde acusa al ministro de Exteriores saudí, Adel Yubeir, de estar implicado, junto con los Emiratos Árabes Unidos, en el golpe de estado de Turquía.

Como decía anteriormente, no deja de ser una línea más para explicar un golpe fracasado, aunque la emergencia ahora es frenar el golpe triunfante que Erdogán está cometiendo ante la atónita mirada del mundo.

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