120 minutos pasan y muere otro. 120 minutos pasan y muere otro más. Es el reloj del destino para los que abandonan sus casas.

Para los que abandonan el lugar donde crecieron, para los que abandonan el país, sus amigos, sus familiares, su entorno. Es el reloj de la muerte, lo que les espera, a los que decidieron migrar: los migrantes.

Cada dos horas muere un migrante, denuncia la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), que alerta de una cifra aún peor, una de cada 7 personas que viven hoy en el planeta, viven en un lugar distinto al que nació: ha migrado.

Ha migrado porque lo necesita, es vital, por la guerra, por el conflicto social, por la segregación, por la pobreza, por el terrorismo, por la violencia, por la falta de oportunidad, o por una condición humana tan elemental, que desafortunadamente es mal vista por los afortunados que nacieron en una cuna mejor (Europa o EE.UU.): querer vivir mejor.

Así, ríos de gente cruzan fronteras, saltan bardas, muros o cercas, aguantan frío, humillación y un no rotundo de la naturaleza, de la policía, del racismo o de la humillación, pero se vuelven a levantar, a intentar hasta morir.

En el año 2014, se murieron más de 5 mil migrantes; en 2015, casi 6 mil, y en este año: 7 mil 189 migrantes hasta este minuto. De los cuales, casi 5 mil se los tragó las aguas de la fosa común marítima más grande del mundo, el mar Mediterráneo, que ha sido el pandemonio que abraza y cobija a los que huyen de la muerte -curiosamente-, de países como Siria, Irak, Libia, violencia, guerra y terrorismo.

O las fosas comunes en Tamaulipas (México) donde los migrantes desesperados por vivir mejor lejos de la muerte criminal de Honduras y Centroamérica, o de la muerte económica de los Gobiernos de Latinoamérica, se enfrentan a la muerte, a la violación sexual, a la extorsión, al secuestro de los grandes cárteles de la droga mexicana, que los hacen acabar en el cementerio, y en el mejor de los casos, convertidos en sicarios o soldados del crimen.

Si se salvan del paso por México, la segunda pesadilla es la frontera norte, con Estados Unidos, donde traficantes de personas además de que cobran por lo menos 5 mil dólares, los entregan a las serpientes del desierto, a los fríos congelantes, o sheriff´s como Arpaio que los regresan con humillación y violencia a México.

Son millones, ahí y en todo el mundo, moviéndose. La cifra es de 244 millones de río humano en la actualidad en el planeta. Lo más desafortunado es que la Organización de las Naciones Unidas (ONU) informa que hay oportunidad para todos, pero sus hermanos de raza, los otros seres humanos que residen en el lugar deseado de los migrantes, los rechazan, les hacen la vida imposible, crean manifestaciones para expulsarlos, los humillan, los segregan, los avientan como si no fueran de la misma especie, como si no supieran que la diferencia con los que huyen, es sólo la suerte de haber nacido en un lugar miserable.

¿Por qué les hacen eso? ¿Por qué si la migración es ya de por sí un paso dramático, los que deberían ayudar no lo hacen, sino los rechazan? ¿Por qué el ser humano es idéntico para algunos cuando de condición económica se trata, pero diferente, incluso deleznable, para otros cuando no coincide con el número de dólares en el bolsillo?

En Detrás de la Razón, nosotros preguntamos, los analistas contestan y usted en su casa concluye. Y si la realidad hace lo que quiere, entonces nosotros volveremos a preguntar. Lo importante es detectar las aristas que no nos dicen.

El análisis, las preguntas y respuestas a las nueve treinta de la noche, desde los estudios de Teherán; Londres y Madrid, siete de la tarde; México a las 12 y Colombia, una de la tarde. En esta ocasión nos acompañan el analista internacional Juan Luis González Pérez, desde Cádiz y el historiador Juan Pfluger, desde Madrid.

Por: Roberto de la Madrid.

xsh/ctl/hnb

 

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