Los minutos de la basura del reinado de Obama están siendo bastante más impredecibles de lo esperado. Lo habitual en momentos de cambio de poder, es facilitar la transición al futuro inquilino de la Casa Blanca para que el relevo sea lo más suave posible, no crear un rosario de nuevos problemas a los que el nuevo presidente tenga que enfrentarse nada más ocupar el sillón del despacho oval. Hacer lo contrario equivale a pura deslealtad institucional. Pero la guerra, a veces soterrada, a veces pública, entre Obama y Trump está siendo más que patente en los dos meses y medio que dura la entrega del poder. No se puede negar que es poco edificante que un presidente tome decisiones de calado en el tiempo de descuento y tampoco que el futuro presidente maniobre con todas sus fuerzas, las actuales y las futuras, para desactivarlas en una batalla sin cuartel regada con descalificaciones personales en discursos y redes sociales.

Lo que estamos viendo estos días en la política norteamericana, demuestra que Obama es mal perdedor. Tiene mal perder en política nacional frente a Trump y los republicanos y mal perder en geopolítica frente a Rusia. Da la sensación de que el presidente norteamericano se comporta como un niño enrabietado, que quiere pinchar el balón en el patio del colegio para que nadie más pueda jugar con él, ahora que sabe que tiene que abandonar el campo de juego.

Pero alguien debería decirle a Obama que está haciendo el ridículo y perdiendo la poca credibilidad que podía conservar tras sus desastrosos y belicosos mandatos. La concesión preventiva del Nobel de la Paz se ha demostrado un estrepitoso fracaso; Estados Unidos está encenagado en un montón de guerras sin fin, algunas directas y otras ejecutadas a través de mercenarios barbudos. Si a ello unimos que Guantánamo sigue abierto y que es incapaz de mediar con efectividad en ninguno de los conflictos que asolan al mundo —y que se comprometió a resolver—, debe ser bastante frustrante hacer balance y mirar hacia atrás.

La decisión de armar a los terroristas moderados sirios o de dar pasos hacia una nueva guerra fría expulsando a diplomáticos rusos con estúpidos pretextos, son retrocesos intolerables en la seguridad mundial. Parece que mientras Rusia trabaja por la paz en Siria con cierto éxito, al menos momentáneo, EEUU parece optar por la guerra. Su regalo de despedida en Irak, la toma de Mosul, se le ha puesto cuesta arriba y ha tenido que enviar 5.000 soldados más a última hora para tratar de desatascar una ofensiva que se prevé bastante duradera.

La pérdida de Alepo Este sufrida por sus cachorros integristas, ha sido un golpe en la linea de flotación de su política exterior. Recordemos que, pocas semanas antes, el tarado Staffan de Mistura, por orden de su jefe americano, pretendía crear un califato independiente en el reducto terrorista de Alepo para poner fin al asalto de la ciudad. Menos mal que, en esta ocasión, Rusia y Siria no se dejaron amilanar por la campaña de guerra sucia mediática lanzada a los cuatro vientos cuando las bombas terroristas no eran suficientes para mantener la ocupación a sangre y fuego de esa parte de la ciudad. Hoy puede decirse a boca llena que ya no quedan terroristas en Alepo… ni agentes de la OTAN.

La liberación de Alepo ha permitido relanzar un proceso de paz estancado desde hace ya demasiados meses. Ahora que se vislumbra como plausible una solución militar, todos se aprestan a sentarse en la mesa de negociación rusa-siria sin imponer condiciones previas. La permanencia de Assad en el poder ya no se cuestiona si así lo decide el pueblo sirio. Estados Unidos no ha tenido nada que ver en ello, más bien lo contrario, sólo ha puesto palos en las ruedas con su apoyo incondicional al terrorismo para alargar la guerra todo lo posible.

Así que, lo que vemos estos días en el comportamiento de Obama, es como una rabieta infantil causada por la irrelevancia geopolítica creciente de EEUU. Verse convertido ahora en un mero convidado de piedra en el momento definitivo de una guerra que ha sido diseñada en las mismísimas dependencias del Pentágono no debe ser plato de gusto para nadie. Así que, en vez de asumir el papel que él mismo se ha ganado con sus erradas políticas, está poniendo todo su empeño en emborronarlo todo. El guiño final a Palestina, el centro de su política exterior cuando llegó a la Casa Blanca, aunque positivo, sólo puede considerarse como simbólico sin apelación ninguna a sanciones a Israel en virtud del Capítulo VII de la Carta de Naciones Unidas.

A menos de un mes para ponerse a jugar al golf, a dar charlas o dedicarse a montar la consabida biblioteca ex-presidencial, Obama se ha puesto a dar mamporros a los que considera sus enemigos. Como decíamos antes, Trump y Putin han sido los destinatarios de la mayoría de ellos. El todavía presidente acusa a Putin de haber hackeado los ordenadores del Partido Demócrata para facilitar la victoria de Donald Trump. Nada que objetar a que Hillary Clinton usara fraudulentamente los resortes del poder de dentro de la formación del burrito para ganar a su rival progresista Sanders, nada que ver que el pueblo norteamericano tuviese el derecho a conocer con qué corruptelas había sido nominada Hillary.

Wikileaks, que fue quien sacó a la luz la información, ha demostrado sobradamente que Rusia no tuvo nada que ver con la publicación de esos documentos, lo ha repetido por activa y por pasiva. Los papeles no proceden de un hackeo informático. Sin embargo, los medios occidentales prefieren ignorar un dato tan relevante y ni tan siquiera citarlo en los centenares de artículos que se están publicando por todo el mundo sobre el tema. Aunque probablemente sea publicidad pagada por EEUU, como han denunciado periodistas de referencia, y nos la hacen pasar por información objetiva en la prensa libre.

En el caso de que fuera verdad —que no lo es— el país más injerencista del mundo tampoco podría quejarse mucho de que le pagaran alguna vez con su misma medicina. EEUU tiene en su haber centenares de cambios de poder en el mundo, muchos de ellos por la fuerza y con miles de muertos. Pero ni si quiera sus aliados más estrechos han estado a salvo del espionaje global llevado a cabo por Obama en estos años. Si se les hubiera pagado con su misma medicina, a estas alturas no habría un sólo embajador norteamericano fuera de sus propias fronteras.

Pero no hay más desprecio que no hacer aprecio. A pesar de que se informó tempranamente de que Putin iba a responder con la misma moneda al cabreo de Obama, lo que hizo finalmente fue invitar a la fiesta del Kremlin a los hijos del cuerpo diplomático norteamericano para fin de año. Guantada sin manos que, de nuevo, ha puesto en ridículo a su homólogo, recordándole su actual irrelevancia, algo que, sin duda, lo habrá enfurecido aún más. Quizá su pataleta esté a la altura del ataque de ira de la Clinton cuando se dio cuenta de que perdió unas elecciones que tenía ganadas de calle por amplia diferencia. ¡Vaya par de dos!

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