Cada vez se hace más patente que el discurrir de la gran política transita por planos diferentes, que son como universos paralelos que muy raramente llegan a tocarse. Así, la opinión pública maneja una serie de datos e informaciones concretas, habitualmente muy cocinadas, mientras que la clase dirigente se mueve con otros parámetros bien distintos, que suelen pasar deliberadamente inadvertidos para la gran mayoría de la población.

No obstante, en determinados momentos se producen trasvases entre ambos mundos. Gargantas profundas, desclasificaciones de documentos oficiales pasados, arrepentidos o filtraciones de documentos por organizaciones como Wikileaks o similares, suelen ser los métodos más habituales de conocer qué se mueve realmente en las alturas.

Si alguna virtud han tenido y tienen las filtraciones masivas de información confidencial ha sido la posibilidad que brindan para asomarse a las claras al modus operandi de la praxis de la política y la diplomacia, de ver la crudeza de sus formas cuando se desvisten de la capa de corrección formal o neolenguaje, de conocer las relaciones de vasallaje entre los estados, de saber quién realmente mueve los hilos. Para muchos ha sido, en suma, una especie de cámara oculta con la que observar a los que nos observan, para comprobar la naturaleza de los de arriba sin ningún tipo de filtro, una auténtica revelación.

Uno de los campos donde el abismo entre lo acontecido y lo publicado es mayor es el de las relaciones internacionales. El laureado periodista Walter Lippmann, ganador de dos premios Pulitzer sostenía que “cuando temas remotos y distantes son comunicados a grandes masas, la verdad sufre una distorsión considerable. Lo complejo se transforma en simple, lo hipotético en dogmático, lo relativo en absoluto”. Y, desde luego, no es porque los informadores o las fuentes de información consideren a la población como menores de edad o incapaces de conocer qué sucede realmente; se trata de algo absolutamente intencionado. Los poderes quieren mantener los asuntos de geopolítica lejos de las opiniones públicas y, una de las mejores formas de hacerlo, es transmitiendo complejidad para inculcar la necesidad de filtros interpretativos que expliquen los hechos de forma maniquea, simplista, sin llegar poco más que a la determinación de buenos y malos y del lado en que nos tenemos que poner ante una guerra, conflicto o disputa internacional.

Si aplicamos estos planteamientos a las relaciones bilaterales EEUU-UE, podemos pensar que ambas realidades pertenecen al mismo bando a pesar de las diferencias que cada uno encarna en cuanto a modelo social, económico, de cosmovisión e incluso en ámbitos como el rol en el mundo (la excepcionalidad del pueblo norteamericano, el R2P y demás zarandajas con las que encubren su vocación imperial). No obstante, da la sensación de que la llegada de Trump al poder ha exacerbado esas diferencias, cuando lo que realmente ocurre es que toda Europa se ha alineado con el «estado profundo» de EEUU para derribar a Trump.

Temas como el reparto del coste de la financiación de la OTAN o los porcentajes de PIB que han destinarse al gasto militar, el abandono de los Acuerdos de París contra el cambio climático, las diferencias de enfoque en las políticas de inmigración, o incluso el Brexit, han sido los asuntos más espinosos y controvertidos que han producido roces entre los socios atlantistas. Realmente no es que estén tan alejados entre sí como puede parecer a simple vista. Lo que sucede es que, como buen outsider, Donald Trump no respeta las convenciones conductuales del establishment y no se apunta a la retórica vacía, al eufemismo o al neolenguaje, tan útil a los políticos al uso a la hora de comunicar.

Por poner sólo un ejemplo de lo dicho, el estado español, en manos de la derecha, ha practicado desde años atrás una labor de obstrucción a las energías renovables y ha incumplido, a pesar de la recesión, sistemáticamente, los objetivos marcados para la prevención del cambio climático. Sin embargo, el discurso oficial es del de compromiso con los Acuerdos de Kioto y París, con la importancia de la lucha contra el cambio climático y toda la verborrea a la que nos tienen acostumbrados los hacedores de discursos oficiales. Justo a eso me refería, ¿qué diferencia hay en este tema entre Trump y Rajoy? Bien poco, uno hace lo contrario de lo que dice, aunque su música suene bien, y el otro hace lo que dice, aunque no compartamos para nada su opinión, pero ambos hacen lo mismo.

No es un secreto que Trump esté en guerra contra el estado profundo norteamericano, esa superestructura que evita que nada cambie, gobierne quien gobierne. No pudieron impedir su elección a pesar del despliegue realizado y ahora, a la desesperada, persiguen un impeachment o una dimisión que lo separe cuanto antes del poder. Es lo que tiene ser un arribista al mundo de la política, viniendo desde fuera de ella y sin los agarres suficientes como para mantenerse en el juego.

Parece que el mayor pecado de Trump es pretender mejorar las relaciones bilaterales con Rusia y dedicar los recursos liberados a mejorar el país desde el interior, abandonado tras décadas de contención del gasto público. Pero eso es algo que, los que verdaderamente mueven los hilos del país, no pueden permitir. El plan norteamericano desde principios de los 90 ha sido cercar a Rusia con bases militares, escudos antimisiles o tropas y acabar, por las buenas o por las malas, con los aliados que pudieran quedar en su área de influencia. Y todo ello, mientras se acusa simultáneamente a la Federación Rusa de querer reeditar su imperio y de practicar políticas belicistas. Cualquier paso atrás en ese camino es una auténtica herejía y, como tal, está siendo tratada por los medios de comunicación e incluso por los partidos de ambos lados del atlántico. De lo contrario, el país más injerencista del mundo no se estaría rasgando las vestiduras por el supuesto hackeo “ruso” de los archivos del Partido Demócrata, sino que investigaría la manipulación ilegal de las primarias en favor de Clinton para impedir que Sanders ganara la candidatura o, incluso, la financiación de la campaña demócrata por los patrocinadores del terrorismo yihadista internacional, asuntos mucho más graves que la procedencia de un archivo filtrado.

Pero el oscuro cariz que está tomando la guerra de todos contra Trump ha alcanzado un punto de no retorno con el tema de las sanciones norteamericanas a Rusia, Irán y Corea del Norte. Que el Congreso legisle contra su presidente y tenga el apoyo de la inmensa mayoría de los representantes de su propio partido, es un síntoma de que la finalización del mandato presidencial se antoja complicada. Más aún cuando, a pesar de haber firmado el decreto con las sanciones, Trump se ha dedicado a despotricar personalmente contra el mismo en Twitter, culpando al Congreso de las malas relaciones diplomáticas con Rusia.

Pero, lo que es más de extrañar es que casi nadie en Europa de la prensa corporativa o de la clase política, ha sabido situar correctamente la cuestión del contenido de las sanciones. Como en épocas pasadas de guerra fría, las sanciones no se dirigen sólo contra Rusia; son extensibles a toda corporación que mantenga relaciones económicas con el sector energético de Moscú, lo que pone en riesgo la supervivencia de muchas empresas del Viejo Continente y causará daños a las economías de varios de los países de la Unión. EEUU apenas si tiene relaciones comerciales con Rusia, por lo que la repercusión de las sanciones en todo caso va a ser pequeña, pero obligar por la fuerza a Europa a dañar su economía y su sector industrial, es una declaración de guerra económica intolerable que no debería quedar sin respuesta.

El trasfondo de todo es lograr ampliar el mercado europeo del carísimo gas de esquisto norteamericano e impedir que fluya el gas ruso por los gasoductos en funcionamiento o los que están ahora en ejecución. Cuando los elefantes pelean, la hierba es la que sufre, dice un antiguo refrán africano, y la hierba en este caso son los trabajadores y trabajadoras de toda Europa. Resulta curioso que el enemigo de Europa, Donald Trump, esté justamente enfrentado a un paquete de sanciones que el Congreso norteamericano, representante del estado profundo y aliado del establishment europeo, ha decretado, directa o indirectamente, contra la propia Europa.

Visto con más perspectiva, lo que Estados Unidos siempre ha temido ha sido el acercamiento y la integración de Europa y Rusia. John Mackinder predijo que quien domine Eurasia dominará el mundo, un polo económico entre Rusia y Europa equivaldría a desplazar a EEUU como primera potencia mundial. La integración del macrocontinente a través de la propuesta china de la nueva Ruta de la Seda, obligaría al imperio a ceder buena parte de su hegemonía e influencia mundial, por eso se está resistiendo y empleando a fondo para evitar el necesario entendimiento intereuropeo.

Quien piense que Estados Unidos tiene aliados y que en Europa lo somos, se equivoca de plano. El imperio tiene vasallos o tiene intereses, jamás amigos. Baste recordar las palabras del cerebro de la campaña electoral de George Bush, Grover Norquist, quien en una entrevista a un medio español, manifestó que estábamos acabados, que el objetivo norteamericano no era otro que “enterrar a los europeos”, eran los tiempos de la guerra contra Irak, de la que se afirmaba que uno de sus motivos impulsores era que Saddam Hussein estaba negociando operar las ventas de su petróleo en euros en vez de en dólares. Sólo falta ver en el estado en que ahora se encuentra el euro y el proyecto europeo es estas fechas…

Ni que decir tiene que, para que Europa sea independiente y soberana, para que pueda recuperar alguna de las esencias perdidas o más bien robadas, es necesario cortar muchos de los vínculos trasatlánticos —sobre todo económicos y militares— y centrarse en su hinterland natural, mirando hacia el este como una gran oportunidad y no con el pavor infundido por los espurios intereses de terceros.

Juanlu González

 

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