Desde hace siete años Siria está en guerra. Este país amistoso, tolerante y altamente civilizado que incluso sus detractores no pudieron evitar encontrar bello y entrañable, ya enfrenta un desafío formidable, el del período de la posguerra.

Los asaltantes bárbaros de un centenar de países, tanto atlantistas como islamistas, han luchado arduamente para destruir sus riquezas, infraestructuras, capacidades, monumentos y bellezas naturales con el fin de borrarlo del mapa. También intentaron aplastar al pueblo sirio, borrar su memoria y su identidad, aniquilarla.

Una llamada “comunidad internacional” engañosa y cómplice, está trabajando para privar a Siria, en la medida de lo posible, de cualquier perspectiva de futuro, al tratar de anular sus derechos imprescriptibles: disponer de sí mismo, decidir, sin injerencia extranjera, su destino y su sistema político.

Sin vergüenza alguna, los mismos asaltantes no ocultan su deseo de reemplazar el futuro, incluido el constitucional, y dejar a Siria bajo “tutela de la ONU”, es decir, bajo mandato, por así decirlo, o sea: bajo el yugo colonial.

A fin de borrar la impronta geográfica de una Siria madre de la civilización (incluida la nuestra), ¿puede haber una manera más efectiva que dispersar a un pueblo y sobre todo romper un estado que ha sido acusado de cometer un crimen de lesa majestad? En efecto, la empresa final está destinada a hacer de lo que una vez fue la gran Siria un archipiélago de mini entidades, y de su pueblo un mosaico tribalizado para ser esparcido en una gran diáspora: en una primera aproximación, este crimen indescriptible merece la doble caracterización del “politicidio” – la disolución de un estado inconveniente – y el etnocidio – la aniquilación de un pueblo que se resiste.

Esto es lo que está inscrito en el “gran diseño” neoconservador. Este último, notemos de paso, sería equivalente a infligir a Siria el destino reservado desde hace 70 años para Palestina, un pedazo de tierra robado bajo la égida del colonialismo triunfante. El destino de los sirios podría parecerse al de los palestinos, irremediablemente despojados en nombre de una “misión divina”. El destino siniestro de los pueblos amerindios, eliminado de la historia, está ahí para recordar qué son capaces de hacer los colonos venidos de otros lugares.

La “inversión” contra Siria realizada por EE.UU. y los países de su órbita, se cifra en cientos de billones de dólares, o trillones, gastados por las potencias asaltantes para llevar a cabo sus batallas por “la democratización”.

De nada sirve invocar los valores de la moral, natural o religiosa, el derecho internacional (la No Injerencia) y la legalidad de la ONU, o la simple decencia, frente a los agresores sin fe ni ley. No podemos esperar que los estados que se han convertido en gendarmes del planeta se comporten como regímenes en los que veamos un atisbo de lógica. Es paradójico, después de todo este tiempo, estos horrores, masacres, actos de brutalidad, esta barbarie, que todavía se localizan en el gran Occidente “democrático”, tantos defensores de lo indefendible, tantos admiradores de los yihadistas presentados como demócratas o “moderados”.

Los intelectuales están atrapados por su ceguera inicial, los medios de comunicación están sellados por la omertá, los políticos son rehenes de su ortodoxia neoconservadora…da igual en EE.UU., en Francia o en cualquier lugar del mundo judeocristiano.

¿Por qué tanta terquedad, tanta obstinación en la mentira? Siria ha estado durante mucho tiempo en la mira de Estados Unidos, Gran Bretaña e Israel. El histórico centro de Siria es el centro de gravedad de Oriente Medio, la cuna de las tres religiones reveladas, el corazón del arabismo, símbolo del Islam moderno y tolerante, sede de los primeros califas: un legado para asumir pero que ha asegurado a este “faro de Oriente” un innegable prestigio entre los árabes y un aura de simpatía entre los musulmanes.

Tolerante, multirreligiosa, moderna, republicana, fuerte en identidad y conciencia histórica, representa lo que los extremistas excretan por encima de todo.

Desde su independencia y la creación de Israel, Siria ha continuado brindando un apoyo inquebrantable a la causa palestina y siempre ha emergido como un estado rebelde al orden israelí-atlántico. Ante la falta de preparación del mundo árabe, Siria se ha registrado en el eje de la resistencia y se resiste. Su ejército nacional soportó el golpe solo contra todos durante cuatro años, y luego, con la ayuda de sus aliados, comenzó la reconquista, afirmándose de paso como el principal arquitecto de la erradicación del Daesh, a pesar de las mentiras y las reivindicaciones de fanfarrones usurpadores. El estado sirio ahora controla las cuatro quintas partes del territorio nacional, tras haber abortado, con su resistencia, los planes de los agresores.

Para estos, la Siria de 2018, después de tantas batallas y tantos ensayos sin éxito alguno, constituye una realidad impensable e intolerable. Por lo tanto, debe eliminarse del mapa, aunque solo sea ignorándolo. Es por esto lo de deslegitimar su estado, presentado sistemáticamente como un “régimen”, sus instituciones, su constitución, su gobierno, demonizar a su Presidente, o sea demonizarlos, haciendo caso omiso de los deseos de su pueblo, atribuyendo el éxito de su ejército a sus aliados, incluso a sus enemigos.

Es preciso negarle al Presidente y a su entorno todo el poder, cualquier rol en el futuro, todo derecho de veto, de modo que no pueda existir una solución política “siria” salida de un diálogo nacional, bajo los auspicios de sus aliados y sus amigos. Hemos de hacer, en cambio, que su destino sea decidido por sus enemigos, la “comunidad internacional”, por los “observadores” situados en el puesto de observación. Para ver, tres estados que representan 470 millones de personas, o sea un 6 a un 7% de la humanidad, que no puede imponer su ley al Consejo de Seguridad.

Decididamente, el mundo ha caído de cabeza. Los falsos policías del mundo son los instigadores del desorden, los ladrones que lloran por el robo, los violadores de la legalidad que lloran por la violación, los atacados por el ejército sirio a los que ellos están ilegalmente atacando, los practicantes de la injerencia ilícita quienes están indignados por la intervención legal de los aliados y socios del estado. Toda esta “gente guapa” está agitada y maniobra a plena luz del día.

Los asaltantes y los medios de propaganda, los instigadores y los verdaderos patrocinadores se han quitado la máscara y están trabajando porque se dan cuenta abiertamente de todo lo que no han podido hacer durante siete años para dominar a Siria, de todo lo que les ha salido mal. Israel en el sur, Estados Unidos y sus contrapartes europeas, todos al unísono salen ahora en apoyo de las fuerzas kurdas. Turquía en el noroeste contra los proyectos de los kurdos, pero todos unidos contra Bashar al-Assad. El pretexto de la lucha contra Daesh y el terrorismo aparece ahora como lo que era: una farsa en la que solo los tontos pueden continuar creyendo.

Jean-Yves Le Drian exige (sic) “la retirada de todos aquellos que no tienen nada que hacer en Siria”. Él se atreve. Adivina quiénes son los que no tienen nada que hacer en Siria. Sí, ganaste: Irán, el nuevo diablo de moda, Hezbolá, el terror de Israel, Rusia y las fuerzas “chiíes” de Iraq. Estos son los que nada tienen que hacer en Siria. ¿Quién tiene que hacer en Siria?

Para que sepa qué países tienen que hacer en Siria: los tres obsesionados con los bombardeos humanitarios; los que poseen armas de destrucción masiva; los que violan sistemáticamente el derecho internacional; los que apoyan el terrorismo cuando no lo han creado; los que quieren silenciosamente saquear los recursos del petróleo y gas de Siria y la región: en otras palabras, Estados Unidos y sus seguidores. Para una buena medida, agreguemos a Israel, un amigo de las “revoluciones árabes” que destruyen los estados del mismo nombre, y Arabia Saudí, una gran democracia para el eterno especialista en constituciones, derechos humanos y mujeres, y la tolerancia religiosa que es Turquía, destacado miembro de la OTAN; O Qatar, que siempre se sigue vendiendo al mejor postor.

Por lo demás, Siria se ha mantenido firme durante muchos años, su ejército puede apoyar los asaltos de Israel y derribar los aviones que lo atacan. Está firmemente anclado en un eje de resistencia resuelta y bien coordinada, apoyado por aliados confiables, empezando por Rusia. Siria no es un figurante, está en el centro de una guerra global. ¿Cuántos estados se hubieran resistido como lo hizo ella?

Señores, los “amigos de Siria”, enemigos de su “régimen” y su Presidente, han mantenido la ficción de un levantamiento popular contra un “tirano asesino”. ¿En qué nos concierne esto? En que aquí está todo el mal y lo conocemos bien, porque Siria es víctima de una guerra de agresión que pone en peligro su existencia…y la nuestra.

El estado sirio tiene, con toda seguridad, el derecho de dirigir las negociaciones que decidirán su futuro y rechazar cualquier interferencia de los agresores. Tiene el derecho de rechazar sus interferencias, sus planes de partición y sus proyectos retorcidos. Las guerras de Siria han sido durante mucho tiempo los componentes de una guerra universal en proceso de convertirse en “global”. Si el ataque se ve, y la “comunidad internacional” se basa en los criterios del derecho internacional, codificadas por la Carta de las Naciones Unidas, hay que verlo … Se entenderá muy bien que este enfoque, el único concebible, tiene un pequeño problema.

Este problema no es el del país agredido. El problema es del agresor, que es Usted, y que trata a Siria como un “país abierto” a todas las aventuras y a todas las empresas hostiles.

Señores, nunca olviden que su presencia en Siria es ilegítima e ilegal, incluidos sus barbudos, sus consejeros especiales o sus fuerzas terrestres. Y si hay una presencia legítima por excelencia, no es la suya, sino la del estado sirio, la de los aliados y socios del gobierno de Bashar al-Assad, cuya salida exigió. Si hay una retirada impuesta por el respeto al derecho internacional, es la de los países que no tienen nada que hacer en Siria, sus países.

Michel Raimbaud, ex embajador, profesor y conferenciante
Traducción: Purificación González de la Blanca

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