Estos días —al menos eso nos cuentan los expertos de la comunicación corporativa—, se conmemora el inicio de la “guerra civil” siria. Como si nada hubiera ocurrido estos 7 años, como si no hubiésemos descubierto ya su juego, muchos medios han sacado a flote a su plantel de analistas y ONGs de cabecera para repetir el mismo argumentario con el que encendieron la mecha de la agresión occidental contra el pueblo y el gobierno de Damasco. Que si régimen, que si genocidio de civiles, que si Assad mató a Manolete, que si barriles explosivos, rebeldes moderados, que si los cascos blancos son héroes, blablabla… les da absolutamente igual, su mantra ya está escrito desde hace mucho y no por ellos, precisamente. Como dijo alguien de infausto recuerdo, el guión lo redactaron allende los mares, más allá de montañas lejanas.

No vamos a entrar nuevamente en desmentir la sarta de falacias con que justificaron y justifican las matanzas de nuestros hermanos y hermanas sirias, lo hemos hecho en numerosas ocasiones. Sólo hablaremos de la efemérides que celebran medios como RNE y la mayoría de las tertulias de salón, que lo mismo abordan el peinado de Anna Gabriel, que explotan como buitres el asesinato de un niño, o se permiten interpretar lo que sucede en Siria usando como fuente a los propios promotores de la guerra y sus sicarios.

Toda la Falsimedia anda desatada inyectando su veneno belicista sobre nuestras ya saturados cerebros. Están de celebración, sí, repito, de celebración de una guerra que siempre apoyaron con sus comandos desinformativos. Porque la cohorte de propagandistas que puebla la mediosfera otanista, incitando a nuevas intervenciones occidentales bajo pretextos supuestamente humanitarios, es tan corresponsable de las muertes de civiles sirios como los que disparan las bombas.

Ya está bien de impunidad. Ellos sí que hacen a diario, desde sus cómodos púlpitos, verdadero enaltecimiento del terrorismo, sí que incitan al odio. Pero no en abstracto, no con grupos terroristas inexistentes ni con ningún tipo de influencia sobre los hechos futuros, hablamos de ISIS, de Al Qaeda, del yihadismo que también azota nuestras sociedades. Tampoco es un error, la Falsimedia no se equivoca, sabe perfectamente lo que hace. Las brigadas mediáticas allanan el camino a los bombardeos, como la aviación hace con la infantería. Nadie plantea una nueva guerra sin que antes actúen los ejércitos de la propaganda. Son absolutamente corresponsables de lo que sucede hoy en Siria, en Yemen, en Iraq, en Bahrein… en Palestina; y como tal deben ser tratados, como voceros del terrorismo.

No se trata de cercenar la libertad de expresión de nadie. Pero ya conocemos cómo actúan los ejércitos de la propaganda, sabemos quién les paga, cómo les pagan, a quienes obedecen. Hay papeles desclasificados de la CIA de cómo han comprado a “intelectuales” para concitar apoyos públicos a su agenda hegemónica global, cómo los han cooptado, tenemos confesiones de periodistas comprados por el Pentágono en todo el mundo en fechas más recientes con el modus operandi al completo. Conocemos la composición de los consejos de administración de los medios, sabemos cómo ha volado el dinero de las monarquías feudales del Golfo Pérsico —esas que son parte de la guerra— a nuestros periódicos y cadenas de TV, cómo lo han hecho también algunos fondos de inversión del omnipresente Soros. No es conspiranoia, sólo son fríos y verificables datos. Son ellos los que conspiran contra nosotros y nosotras entre bambalinas desde hace decenas de años para que apoyemos sus sanguinarios planes.

Por eso no son simplemente unos descerebrados sin más, gentes de pocas luces que se dejan llevar por el mainstream que arrastra todo a su paso, son mercenarios de las teclas, criminales de guerra que deberían ser juzgados como tales en los tribunales internacionales, si es que existiera la justicia universal y esta fuera independiente. Quizá con códigos deontológicos potentes, con regulaciones sobre el uso de la mentira con fines espurios, con prisión permanente —eso si, revisable— para los instigadores de guerras… sería posible rescatar al periodismo de la lenta agonía que sufre a manos de la censura y, lo que es peor por íntima y oscura, la autocensura. Probablemente buena parte de la prensa actual no pasaría de una mínima prueba de profesionalidad, pero seguro que hay miles de jóvenes con ganas de recuperar lo que antaño fue una digna profesión, hoy convertida en un problema de insalubridad pública contagiosa.

Parafraseando a Castro cuando describía a los trotskistas, nuestros periodistas quizá estuvieran equivocados en un principio, pero hoy sólo son agentes del imperio…

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