Ya conocen las noticias, ahora les contaremos algunas verdades sobre la crisis migratoria, fenómeno que políticos y medios de comunicación están convirtiendo en uno de los mayores problemas de nuestro tiempo, a pesar de que los movimientos poblacionales han sido una constante ininterrumpida desde que el ser humano comenzó su andadura en este planeta. 

Y lo mejor de todo es que, así lo seguirá siendo en el futuro, por muchas muros, vallas, alambradas o concertinas que se planten en las fronteras de los estados. La imagen de gobiernos enrocándose a sus países en macrojaulas de cristal, recuerda a la de los niños pequeños jugando en la playa, tratando de proteger sus frágiles castillos con una muralla de arena, ante la inminente e inexorable subida de la marea. Y lo hacen una y otra vez, aún a sabiendas de que lo único que conseguirán es aplazar unos pocos minutos lo inevitable. Pero el cortoplacismo y la miopía son dos de las características más comunes a la clase política de los países del norte, así que nada de esto debería sorprendernos.

Los motivos que empujan a pueblos enteros a partir a tierras extrañas y a abandonarlo todo tras de sí, son de muy distinta naturaleza aunque, para entendernos mejor, podríamos agruparlos en aquellos relacionados con la seguridad, con la calidad de vida y con la libertad. No es extraño que, en muchas ocasiones, coincidan todos a la vez en muchos procesos migratorios masivos, como en las guerras, que llevan aparejadas el deterioro de las condiciones de vida y la ausencia de los derechos humanos más básicos.

Razones de índole económica, de desigualdad, están en el origen de buena parte de los fenómenos migratorios mundiales. Desde luego, no es cierto que la época colonial haya tocado a su fin y que, tras los sucesivos procesos de independencia, países y continentes ricos se hundan en la pobreza por causa de la corrupción de las élites locales. Este argumento se repite como un mantra entre tertulianos de medios masivos, periodistas dependientes de empresas capitalistas y juntaletras de medios de comunicación públicos de países neocoloniales. Se nos dice que en más 50 años los países han tenido tiempo de zafarse de las antiguas estructuras de dominación ocupantes y de montar las suyas propias orientadas a mejorar la calidad de vida de las poblaciones locales. Nada más lejos de la realidad. Para empezar, porque 50 o 60 años no son nada en la historia de un país pero, sobre todo, porque de la ocupación física se ha pasado a multitud de formas distintas de control de los países supuestamente liberados.

Pongamos el caso de los países subsaharianos, emisores de inmigrantes a las costas europeas y españolas. ¿Son realmente naciones libres, independientes y descolonizadas? Para responder a esta pregunta, pongamos sobre la mesa algunos datos: 

    • Francia mantiene hoy en día bases militares permanentes en la región y un contingente de alrededor de 5.000 efectivos fuertemente armados.

Francia sigue siendo el claro responsable de que estos catorce países vivan hoy en la pobreza y de que parte de su población empobrecida quiera salir de la miseria viniendo a la Europa que se nutre de sus recursos. Podríamos citar otros muchos ejemplos de postcolonialismo, probablemente mucho más sutiles que el anterior, pero igual de sangrantes, con otras potencias del primer mundo como protagonistas, pero sería excesivamente prolijo para nuestros propósitos.

Hablemos ahora de guerras. Por aclarar conceptos, a las personas que huyen de los conflictos bélicos no es preciso denominarlas inmigrantes sin más, sino desplazadas o refugiadas. Muchas veces el uso del término genérico se corresponde con un intento de ocultar la verdadera naturaleza del problema, quizá porque la vulneración del derecho de asilo —un derecho humano universal, también incluido en la Convención de Ginebra— está a la orden del día en nuestros países. 

Las oleadas de refugiados que arriban a las costas europeas actualmente proceden en su mayoría de Siria. Aunque ya se vislumbra el fin de la agresión contra Damasco y el triunfo de su legítimo gobierno y se ha iniciado el retorno de muchos miles de desplazados a sus lugares de origen, el problema subsiste. Pero ¿cuál es la génesis de ese conflicto? Sin entrar en profundidades, es más que evidente que la OTAN, principalmente EEUU, Francia y Reino Unido, es qjuien ha originado y dirigido la supuesta guerra civil siria mediante el reclutamiento de centenares de miles de yihadistas que han actuado como sus mercenarios. Lo mismo podríamos aplicar a otros tantos conflictos recientes: Libia (con graves repercusiones en temas migratorios), Yemen, Irak, Afganistán… la lista podría ser interminable.

¿Puede mirar la Vieja Europa a otro lado cuando le llegan los desplazados que ella misma ha provocado con su estúpida y beligerante política exterior? Obviamente no.

Otra porción importante de desplazados y de demandantes de asilo lo son por motivos políticos, religiosos, sexuales, etc. A veces, vivir en libertad se torna en algo realmente imposible en muchos países. La casuística, como en los sucesos anteriores, es verdaderamente amplia. Deberíamos preguntarnos cuál es la relación de nuestros gobiernos con esos países totalitarios, que no respetan los derechos humanos de sus poblaciones, que discriminan a minorías internas enteras, o que invaden a otros países y los someten a condiciones de vida inhumanas. 

Por citar algunos, podríamos hablar de Arabia Saudí o de Israel, dos países que patrocinan el terrorismo mundial, que tienen regímenes de apartheid para parte de su propios habitantes (mujeres y chiíes o palestinos, respectivamente), que provocan guerras e invaden a sus vecinos y, por supuesto, obvian el cumplimiento de los derechos humanos universales o las convenciones internacionales humanitarias. ¿Ha roto la UE con esos países por esos motivos? Todo lo contrario, les provee de armas e incluso de material antidisturbios para que puedan reprimir a su gente o a la de los países limítrofes. 

Pero vayamos más cerca, por ejemplo a Marruecos, un estado netamente emisor de inmigración hacia nuestras costas. La campaña de represión brutal que ha lanzado contra la población rifeña o el pueblo saharaui no tiene fin. Se cuentan por millares los presos políticos sin ningún tipo de garantías jurídicas ni humanitarias que permanecen en mugrosas cárceles medievales. ¿Qué hace el gobierno español sino alabar a la democracia marroquí cada vez que tiene ocasión o ceder a todos los chantajes que le plantea el reino alauita, con tal de que cierre las fronteras al tránsito de inmigrantes subsaharianos?

Sirva todo lo que antecede para que cuando oigamos noticias sobre refugiados o migrantes, hagamos el ejercicio de contextualizar la información que nos llega. Para que nos preguntemos por qué tantas personas se juegan la vida en un viaje sin retorno para lograr unas condiciones de vida dignas, por qué países ricos siguen sumidos en la pobreza, por qué iniciamos las guerras que los expulsan de sus hogares, por qué si hay libertad de movimientos para los capitales no hay libertad de movimientos para las personas. Probablemente así podamos mirar con otros ojos a las personas que buscan refugio en estas tierras.

Aunque quizá toda esta diatriba no sea en absoluto necesaria. Basta ver la reacción solidaria de mis paisanos y paisanas durante la pasada oleada de pateras en el Estrecho de Gibraltar, absolutamente entregadas con el acomodo y el avituallamiento de las miles de personas recién llegadas de países del sur, para pensar que no todo está perdido, que ni la clase política ni la clase mediática están a la altura de la gente sencilla, de la altura de un pueblo que les ha dado una lección de humanidad que difícilmente podrán emular jamás.

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