Nunca un armamento convencional tan pequeño ha dado tanto que hablar. Hace años que los S-300 se han convertido en un arma tan popular como los más modernos y glamurosos aviones de combate de última generación. Este sistema portátil de misiles tierra-aire ruso está en el ojo del huracán geopolítico desde hace años, sobre todo en Oriente Medio. Sanciones, problemas diplomáticos, espionaje, amenazas, chantajes… son algunos de los conflictos que ha generado esta arma, incluso antes de disparar ni un sólo misil. ¿Qué tiene este antiguo sistema de defensa antiaéreo para ser tan disruptivo aún en la actualidad?

Los S-300 fueron un tema central en el conflicto que enfrentó a Irán con EEUU y sus aliados por el inexistente programa nuclear militar persa. Grosso modo, Irán había comprado a Rusia en 2007 cinco baterías de sistemas antiaéreos por valor de 800 millones de dólares. Sin embargo, la política de sanciones sufrida por la República Islámica, acatada por Rusia, impidió su entrega hasta 2015 y 2016, tras la firma del acuerdo del G5+1. Su despliegue ponía fin a las amenazas inminentes de ataques aéreos provenientes de Israel y EEUU, ya que esas potencias deberían asumir un importante coste propio en bajas de aviones y pilotos si, finalmente, osaban emprender bombardeos contra las posiciones militares y energéticas iraníes.

Modelos avanzados del mismo sistema, los S-400, van a venderse a Turquía, India e incluso a Qatar, con el consiguiente disgusto para EEUU, que ha puesto en marcha la Ley para Contrarrestar a los Adversarios de Estados Unidos a través de Sanciones con objeto de presionar y chantajear a quienes pretendan escapar de su tecnología militar y dejen de pasar por la caja registradora del complejo militar industrial norteamericano.

Pero, si por algo han estado de nuevo los S-300 en el candelero, es por la guerra contra Siria. El caso es muy similar al de Irán: el legitimo gobierno sirio compró los sistemas de defensa en 2013 para impedir las violaciones de su espacio aéreo por los países agresores; sin embargo, la compleja diplomacia desplegada por el tándem Putin-Lavrov con respecto a Israel, retrasó la entrega del armamento hasta 2018 por presiones del estado sionista. El detonante del cambio de política fue el derribo del avión de carga ruso Ilyushin II-20, tras un ataque israelí contra Siria, que conculcó los acuerdos previos de Rusia con Israel y provocó la muerte de quince militares rusos. La ruptura de las reglas de juego, liberó a Moscú de los términos del acuerdo anterior e inclinó decisivamente la balanza del lado de Damasco, para pesar de EEUU e Israel.

Tras el desafortunado ataque israelí, Rusia decretó el cierre temporal del espacio aéreo sirio a los vuelos de la «coalición», no en vano tiene desplegados en sus bases sirias de Tartús y Hmeimim los temidos S-400 Triumph y dispositivos de guerra electrónica de última generación capaces de cegar las armas y sistemas de vigilancia enemigos. Sin embargo, con la entrega de los S-300 traspasó a Siria esa responsabilidad y, de alguna manera, esas capacidades. De hecho, tras el despliegue de los misiles, Israel no se ha atrevido a lanzar ninguna nuevo ataque aéreo contra tropas sirias, de Hezbollah o contra asesores iraníes en territorio sirio. Obviamente, no acabará con ellos del todo, pero sí que va a complicarlos enormemente y va a recortar la libertad de acción con la que Israel ha contado desde el inicio de la guerra y, no cabe duda, de que eso son grandes noticias para el eje de la resistencia.

El ente sionista ha declarado que, para sus nuevos ataques, va a usar aviones furtivos S35 de fabricación norteamericana, considerada como el arma más cara del mundo, con los que ya ha intervenido de forma subrepticia en Siria y también en Yemen. Israel cuenta con cinco de estos aviones de quinta generación valorados en 125 millones de dólares cada uno, pero no están del todo a salvo de las baterías antiaéreas recién llegadas. Las amenazas se extienden especialmente a los S-300. No obstante, como los soldados del Ejército Árabe Sirio no pueden manejar estos sistemas con solvencia sin un periodo de aprendizaje de bastantes meses, son miembros del ejército ruso quienes están operándolos en estos momentos, por lo que, ni Israel ni ningún otro país miembro de la coalición osará atacarlos durante una buena temporada. La prensa militar israelí apunta a que Rusia va a delegar en Irán este entrenamiento militar para no poner en riesgo a sus soldados, pero no es algo plausible, dado el corto espacio de tiempo de uso de los antiaéreos por parte de la Guardia Revolucionaria iraní, parece más un deseo que una información veraz. 

Otro factor en contra a tener en cuenta, y nada baladí, por cierto, es que Rusia está enormemente interesada en poner a prueba los aviones S35 frente a sus radares militares. Lógicamente, es la primera interesada en descubrir las vulnerabilidades de la joya de la corona de los estadounidenses, por lo que no van a dejar que sus sistemas sean operados por manos inexpertas que puedan perder información tan vital. Está en juego la supremacía de los cielos en todo el mundo.

De eso justo se trata. Del mismo modo que los tanques fueron una pieza vital en las invasiones terrestres del pasado, las guerras modernas ponen el énfasis en el dominio aéreo porque éste puede asegurar máximos daños con mínimos riesgos. Y esa es la virtualidad de los S-300, con una inversión relativamente pequeña, pueden contribuir decisivamente a mantener un cierto equilibrio defensivo que impida que Israel, Estados Unidos y sus aliados, bombardeen a voluntad cualquier lugar de la geografía siria sin riesgo de sufrir daño alguno. 

Más vale tarde que nunca…

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