El conflicto de Yemen, si tuviese que definirse con un sólo calificativo, sería con el de «guerra incómoda». Incómoda para los gobiernos de occidente, pues inequívocamente están del lado de los criminales de guerra, de los violadores de los derechos humanos, de los asesinos de niños. Incómoda para los medios de comunicación, que juegan —una vez más— el papel de cómplices necesarios con los agresores mediante la ocultación de la verdad y el encubrimiento de los crímenes contra la humanidad que se suceden cada día en el país más pobre de Medio Oriente y el más poblado de la península Arábiga.

Sin embargo, de cuando en cuando, la gravedad de la situación obliga a los medios de masas a ocuparse por unos días del último bombardeo saudí contra escuelas, hospitales, mezquitas o autobuses cargados de niños. Pero la atención mediática suele durar poco, sólo hasta que pueda ser distraída de nuevo con otras noticias más del agrado, bien del consejo de administración que controla el medio de su propiedad, bien de sus anunciantes públicos y privados. 

Ambas instancias colaboran, se confabulan y traman para que «la mayor crisis humanitaria por la que atraviesa la humanidad», apenas si merezca una mínima atención de la opinión pública mundial y evite que esta pueda activarse para exigir responsabilidades a sus gobiernos nacionales o a los chiringuitos desinformadores de masas.

Ese es el motivo de que, al margen de algunas someras pinceladas de trazo grueso, por lo general escabrosas, apenas nadie sepa qué está sucediendo realmente en Yemen y cómo se ha llegado a esta situación. Y no, no es que el tema sea tan complejo como para que no pueda ser comprendido por la mayoría de la población, ninguno en política internacional lo es. Lo que sucede es que, las contradicciones entre lo que dice defender un gobierno o un estado y lo que hace en la práctica, son tan grandes que, su conocimiento, haría socavar —aún más— la credibilidad y la confianza del pueblo en la clase dirigente. Por eso es tan importante para el poder mantenernos alejados de este tipo de disquisiciones. Un ejemplo, Estados Unidos quiere proyectarse a sí mismo como un exportador de democracia. Si la opinión pública fuese consciente de las dictaduras y tiranías que su país ha impuesto en el mundo y cómo lo ha hecho, su discurso no le duraría un segundo, pero ni en el exterior, ni tampoco en el interior. De saberlo, a pocos norteamericanos se les ocurriría izar orgullosos una bandera de barras y estrellas en la puerta de casa al comenzar el día.

Yemen sufre, desde su reunificación en 1990 entre la República Árabe del Yemen (Norte) y la marxista República Democrática Popular (Sur) muchas tensiones no resueltas, tanto internas, de carácter político y étnico confesional, como externas. El país ha sido objeto de constantes invasiones por parte de Arabia Saudí, que siempre ha pretendido apropiarse de todo su territorio. De hecho, ocupa impunemente desde los años 30 del pasado siglo hasta hoy, regiones costeras del noroeste yemení gracias al apoyo británico. 

Los últimos episodios de inestabilidad en el país se relacionan con las «primaveras árabes» organizadas desde occidente para controlar la región. En 2011, las revueltas y la espiral de represión y violencia provocaron la caída del presidente Saleh, quien dimitió en favor del vicepresidente al Hadi. La insurrección no terminó ahí, todo lo contrario. Los houthies, un indómito pueblo norteño de confesión chií alzado en armas, apoyado por facciones del ejército y población suní, conquistó la capital, haciendo dimitir y huir a Hadi a Adén y luego a Arabia Saudí. Posteriormente, seguramente asesorado por los saudíes, dijo revocar su dimisión anterior (cuando ya no era nadie) y pidió a sus patronos ayuda para acabar con la insurrección revolucionaria. En 2015, Arabia Saudí creó una coalición para tratar de restituir a su títere en el poder, aun a costa de provocar decenas de miles, quizá centenares de miles de muertos, la destrucción total del país y la irrupción de al Qaeda y el Estado Islámico en amplias regiones de Yemen.

Lo que parecía que iba a ser un paseo militar de varios ejércitos regulares, apoyados por miles de mercenarios pagados con montañas petrodólares, pronto se convirtió en un verdadero pantanal en el que Arabia Saudí ha sufrido multitud de humillaciones en su propio territorio, invadido en numerosas ocasiones por los rebeldes houthies de Ansarolá. Miles de mercenarios occidentales han muerto, son entrenados por Israel en campos secretos del Neguev y pagados generalmente con dinero emiratí. Muchos de ellos, como los ex-militares y narcoterroristas colombianos implicados en el conflicto, han vuelto a sus países de origen, apabullados por la feroz resistencia yemení.

Para tratar de controlar un discurso que ya tienen cuesta arriba, muchos medios, siguiendo la política de comunicación de EEUU e Israel, acusan a Irán de armar a la resistencia chií, pretendiendo justificar así la presencia saudí y mostrarlo como un juego a dos. Pero jamás han podido demostrar ninguna de sus acusaciones. Un país absolutamente cercado, bloqueado y sitiado por tierra, mar y aire no tiene por dónde recibir cargamentos de armas y, más aún, sin que los ojos del Pentágono lo registren todo inequívocamente desde el cielo. Pero hasta la fecha no hay ni una sola prueba de ello. Todos son suposiciones basadas en una resistencia frente a los invasores que nadie habría esperado a priori.

Todas las guerras son crueles en grado sumo, pero la guerra saudí contra Yemen es especialmente salvaje. Tras años de encubrimiento, la ONU ya reconoce que las víctimas civiles superan las 16.000, pero sin contar las muertes provocadas por la hambruna o por las enfermedades que han surgido por la falta de agua y medicinas agravadas por el criminal bloqueo.  Save the Children admite que han podido morir en los últimos años alrededor de 85.000 niños y niñas durante la agresión, una cifra que, sumada a las víctimas directas, y que debería servir para establecer sanciones internacionales directas contra la coalición agresora —sobre todo contra Arabia Saudí— y juzgar a sus líderes, especialmente a MBS, ministro de defensa, por crímenes de guerra.

Pero no, la legislación internacional sólo se aplica a los enemigos de Estados Unidos. Los aliados del imperio tienen patente de corso para violar todos los convenios y las disposiciones que protegen a la infancia o a los civiles en conflictos sin temor a ningún tipo de represalias. Arabia Saudí  tiene en sus manos la estabilidad del dólar como moneda de referencia y reserva mundial ligada a sus ventas de petróleo y juega con esa baza para doblegar al resto del mundo. Las enormes compras de armamento y las inversiones que hacen en el extranjero son otras armas de coerción importantes que usan como moneda de cambio para que hagan la vista gorda a las violaciones de los derechos humanos, dentro y fuera de sus fronteras.

Pero ¿qué persigue Arabia Saudí en Yemen? Ya hemos hablado de los apetitos expansionistas de los Saud. Se estima que Riad extrae ilegalmente el 65% del petróleo yemení a través de pozos situados en las inmediaciones de las fronteras, con la colaboración de la empresa francesa Total y la complicidad del expresidente al Hadi. Algunas fuentes aseguran que las reservas yemeníes podrían ser mucho mayores que las saudíes. Por si fuera poco, Arabia Saudí pretende exportar su crudo a través de un gasoducto que vaya desde Hadramaut al puerto yemení de Adén, evitando así el Golfo Pérsico y el Estrecho de Ormuz, controlados desde el norte por Irán. Como siempre, las reservas petroleras y la geopolítica del transporte del crudo están detrás de la mayoría de los conflictos mundiales.

Como en el caso de Siria, tratarán de hacernos ver que lo que sucede en Yemen es una guerra civil. Pero no hay dos bandos nacionales luchando entre sí como tales. La estructura de país está del lado de los houthies y sus aliados. En el sur existe sólo un conglomerado de invasores, mercenarios y terroristas que mantienen invadida a una población que no tiene clara qué será de ella en el futuro. Muchos creen que el país ya no volverá a estar unido jamás. Esperemos que se equivoquen.