El pasado miércoles, 10 de abril, se presentó el libro «El hechicero de la tribu» del compañero Atilio Borón, uno de los mayores intelectuales críticos en habla castellana. El acto se desarrolló en el Espacio Barqueta de Sevilla y contó con una gran afluencia de público perteneciente a diversos colectivos sociales y políticos de la ciudad. Fue presentado por Francisco Guerra, director general del Centro Internacional de Estudios Superiores de Comunicación para América Latina; Paula Garvín, de la Fundación de Investigaciones Marxistas y Miguel Angel Bustamante, diputado de Unidos Podemos.

«El hechicero de la tribu», es una crítica a el último libro de Vargas Llosa, «La llamada de la tribu» un pasquín autobiográfico en el que el gran escritor —y pésimo polítólogo— trata de explicar su viraje ideológico dede el comunismo ortodoxo hasta el liberalismo más abyecto. La verdad revelada —observa Atilio— le vino al marqués tras varios encuentros con líderes mundiales de la talla de Ronald Reagan, un iletrado actor de tercera, incapaz de articular dos frases con sentido si no se las habían escrito con anterioridad, cuyo cometido principal en la Casa Blanca era dar de comer a las ardillas, como reflejan algunas biografías del expresidente norteamericano. Margaret Thatcher y José María Aznar también están entre los grandes «ideólogos» que han influido en el pensamiento del escritor.

Excusas de ese tipo sólo pueden indicar dos cosas, que Vargas Llosa no tenía ninguna solvencia intelectual, algo difícil de creer, o que el estatus social y material que le propició el éxito como escritor, le llevó a mimetizarse con los poderosos, con los dueños del mundo con los que ahora podía codearse, máxime cuando era un útil exponente de la renuncia a los ideales transformadores y todos deseaban tenerlo como comensal o como mero bufón, para proporcionar al poder una pátina de intelectualidad y racionalidad de la que siempre ha carecido y carecerá, porque la dominación o la explotación humana jamás resistirán un mínimo análisis lógico.

Para convivir con su traición, quizá para poder dormir por las noches, quizá para pagar por los servicios prestados, Llosa no duda en escoger a un elenco de autores reconocidos, tergiversar su pensamiento y, cual espetero playero, arrimar el ascua a su sardina para sostener las tesis individualistas, antiestatalistas y ultraliberales que han sumido a la inmensa mayoría de la población del planeta en una profunda miseria estructural. A eso dedica Atilio Borón buena parte del libro, a rescatar y divulgar la esencia de esos intelectuales para descubrir las burdas trampas que plantea el novelista en su libro. De entre ellas, la mayor de todas es la asimilación de liberalismo con democracia, cuando son dos términos puramente antagónicos como demuestra Borón con una batería irrefutable de ejemplos.

Los bufones eran aquellas personas cuyo ingenio hacía entretener y reír a reyes y poderosos y que, gracias a ello, podían ocupar un lugar privilegiado en la corte. Su utilidad, además de divertir, era la de humanizar y blanquear a los mandatarios frente al populacho. Sin embargo, a nadie se le ocurriría elevar una bufonada a la categoría de ensayo político. Es algo que denota una profunda falta de rigor y una banalización del pensamiento que jamás hubiera tenido lugar ni en los mas tenebrosos salones de los palacios medievales.