En todas las guerras hay determinados hechos o episodios que pueden considerarse netamente disruptivos, pues constituyen por sí mismos un verdadero punto de inflexión en el futuro devenir de los acontecimientos. Eso es lo que ocurrió el pasado 14 de septiembre en Arabia Saudí, cuando se consumó con éxito el ataque simultáneo con drones de la resistencia yemení contra dos de los complejos petroleros mayores del mundo que producen, nada mas y nada menos, el 70% del petróleo saudí y el 5% del crudo mundial. Se estima que el recorte de la producción que ha provocado el ataque es de alrededor de 5,7 millones de barriles diarios (la mitad de la producción saudí), lo que está teniendo graves y profundas repercusiones en el mercado energético mundial.

Estados Unidos se ha aprestado a poner sus reservas estratégicas al servicio de la estabilización de los precios, pero es bien probable que sus esfuerzos resulten insuficientes para contener la más que segura escalada que ya ha comenzado con fuerza. Todo depende del tiempo que se tarde en reparar los daños en las refinerías. Si en vez de días o semanas, se tratase de meses, el crudo podría superar fácilmente los 100 dólares por barril, hecho que esperan ansiadamente los países independientes productores de petróleo, asediados por EEUU.

Esta imagen, supuestamente según EEUU, demuestra que el ataque contra Aramco ha sido cometido por Irán, aunque nadie sabe por qué, ni lo han explicado satisfactoriamente.

Sin embargo todo podría ir a peor. Mike Pompeo se ha aprestado a acusar a Irán del ataque, previamente reivindicado por la resistencia yemení (ejército y rebeldes hutíes). No es nada extraño, forma parte del guión, hoy a Teherán se la culpa alegremente de todos los males del planeta, como sucede siempre que las cañoneras del imperio ponen la proa contra algún país soberano. La prensa de inteligencia militar israelí hace lo propio, aunque afirma que el ataque tuvo origen en Iraq, operado por rebeldes yemeníes, algo que curiosamente reforzaría su política ilegal de ataques permanentes sobre aquel país. Si, tras las denuncias, EEUU o Arabia Saudí se planteasen algún tipo de operación militar de castigo contra Teherán, la región entera estallaría en llamas y el Estrecho de Ormuz, seguramente, quedaría bloqueado, lo que llevaría al precio del barril de petróleo por encima de los 300 dólares e incluso más. 

Por eso misma razón, no es probable que nadie se atreva a prender la mecha del polvorín. Es imposible hacerlo y salir indemne de la onda expansiva que provocaría una guerra total en Oriente Medio. Así que, lo mas probable es que EEUU, Israel y Arabia Saudí continue con su guerra económica y militar de baja intensidad contra Irán y sus aliados en escenarios diferentes al territorio persa, a través del brazo ejecutor de la entidad sionista y los grupos terroristas a su servicio.

Sin embargo, donde la repercusión de estos ataques se va a hacer sentir es en el frente yemení. Llamarlo así ya no es del todo correcto, hace ya muchos meses que los rebeldes han conseguido abrir frentes esporádicos dentro del país saudí mediante incursiones militares, ataques relámpago y, más recientemente, a través de bombardeos con misiles balísticos o drones, con cada vez mayor capacidad de penetración y puntería. 

El ejército yemení y los hutíes han demostrado una resiliencia fuera de toda previsión. Nadie era capaz de predecir que tras la entrada en acción de Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos en 2015, junto a una cohorte de estados deudores de los Saud y, encubiertamente, Israel, EEUU y algún que otro país de la OTAN, en las postrimerías de 2019 la resistencia siguiera plenamente operativa. Pero no sólo eso, obviamente, ataques como el de las refinerías de Aramco tienen un efecto devastador y escandaloso, pero llevan también aparejado un efecto aterrador y disuasorio no menos importante. 

A parte de ahora, Arabia Saudi es consciente de que cualquier objetivo dentro de sus fronteras está al alcance de sus enemigos yemeníes. Convertirse en el tercer país en gasto militar del mundo, por encima incluso de Rusia, no contribuye a mejorar la seguridad de Riad, todo lo contrario. La arrogancia que da el poderío militar puede convertirse en un poderoso enemigo. Los hutíes, con un puñado de drones de pocos miles de dólares, han conseguido paralizar al país que más petróleo produce en el planeta. Toda la potencia de ataque y todos los sistemas antiaéreos no le han servido de nada. Nadie duda de que en el futuro podrán repetirse acciones similares o incluso más destructivas y letales; los hutíes ya han amenazado con ello.

El todopoderoso Mohamed Bin Salman, artífice de la guerra contra Yemen, debe estar sopesando cómo salir de las arenas movedizas yemeníes de la manera más rápida posible. En un momento donde su antaño mayor aliado en la agresión, los EAU, se han convertido en un enemigo más sobre el tablero y le disputa la hegemonía del sur yemení, cuando han abandonado la coalición países como Qatar o Marruecos y cuando otros más ya no participan en ella de facto, los ataques petroleros son  la gota que puede colmar el vaso de los saudíes. Son conscientes de que la guerra no la pueden ganar y que, por contra, puede causarle perjuicios irreparables.

Pero los rebeldes hutíes saben contra quién están luchando realmente, por eso cada vez que uno de sus proyectiles da en el blanco, tras dar gracias a Alá, invariablemente profieren cánticos contra Estados Unidos e Israel. Para ellos, Arabia Saudí sólo es el proxy del imperio en esta guerra de la que, de proseguir en ella, va a salir más que maltrecha. Hay quien opina que, de precipitarse los acontecimientos, incluso podía ser el fin del clan de los Saud, los únicos y verdaderos dueños del país.

De momento, Trump se ha sumado a la retórica belicista contra Irán. No quiere ni pensar que el problema de fondo no es otro que la continuación de la guerra de Yemen, conflicto que él mismo alimenta con su protección diplomática y mediática y con las armas norteamericanas, responsables de la muerte, directa o indirecta, de centenares de miles de personas. No obstante, con la reelección por delante, es improbable que se atreva a iniciar un conflicto que no va a poder ser capaz de terminar, con múltiples ramificaciones y frentes, con capacidad para sumir al mundo en una crisis energética como nunca la ha habido.

Aunque la carencia de perspectiva temporal impida aún conocer con certeza qué va a suceder tras estos ataques, está claro que las reglas del juego en el conflicto de Yemen han cambiado para siempre. Es lo que tiene la «democratización» de la tecnología…