Por Maria Aurelio, traducido por Txema Sáchez

Haití ha estado luchando contra la austeridad y la corrupción gubernamental desde el año pasado. Pero los problemas a los que se enfrenta Haití están profundamente arraigados en su legado colonial y la intervención imperialista.

Es innegable que una ola de protestas masivas está arrasando el mundo. Mientras hablamos, cientos de miles de jóvenes y trabajadores se están levantando en Chile, Líbano, Argelia, Irak y Haití. Los trabajadores indígenas también están luchando contra el golpe de estado en Bolivia.

Quizás las protestas más famosas fueron las del movimiento de los chalecos amarillos, en el que cientos de miles de franceses vistiendo chalecos amarillos protestaron por los aumentos en el precio del combustible y finalmente pidieron la destitución del presidente.

Pero antes de Chile, Líbano, Irak, Argelia, Ecuador, Puerto Rico y Francia, hubo levantamientos masivos en Haití, a menudo poco visibilizados por los medios, pero igualmente tan combativos como estos otros levantamientos.

Los levantamientos en Haití comenzaron en julio de 2018, cuando el FMI exigió recortes en los subsidios del gobierno al combustible a cambio de casi 100 millones de dólares de reembolso del préstamo. Los precios de la gasolina subieron a 5$ por litro, cuando la mayoría de la población sobrevive con 2.41$ por día.

El levantamiento en Haití continúa hasta el día de hoy, aun cuando las protestas han disminuido en ocasiones y han ganado fuerza nuevamente en otras. A pesar de que las protestas son intermitentes, sus demandas, los lemas y los participantes han sido los mismos.

La demanda de la ola de protestas más reciente es el fin de la escasez de combustible, pero como en las movilizaciones anteriores, los manifestantes incluyen una clara llamada a la renuncia del presidente Jovenal Moïse, así como de su gabinete. Exigen el castigo a los políticos corruptos que han robado millones al pueblo haitiano, dejándolos en continua miseria, apuntando en particular a los fondos de Venezuela que desaparecieron mágicamente. Y, por último, exigen el fin de la intervención del FMI, el fin de la austeridad y un plan para enfrentar la crisis económica haitiana.

Desde el inicio de las protestas en 2018, el gobierno haitiano ha combinado la represión con concesiones mínimas. Dos primeros ministros han renunciado y Moïse ha rescindido las subidas de precio. Pero ya nada puede sacar a la gente de las calles.

Las protestas han sido reprimidas violentamente, con más de 42 personas asesinadas desde mediados de septiembre, incluido al menos un periodista. Las imágenes son brutales: la policía atropellando a los manifestantes y disparándoles, lo que llevó a las Naciones Unidas a pedir una investigación. Miles de personas luchando. Gente construyendo barricadas en la calle y arrojando piedras. «Vamos a romper y destruir todo [si Moïse no renuncia]», dijo Reynald Brutus, un manifestante desempleado de 28 años.

No es de extrañar que Haití estuviera a la vanguardia de esta ola mundial de protestas: el país más pobre de América ha sufrido un legado colonial de deudas de las naciones imperialistas, el desastre del cambio climático y la continua intervención extranjera para reprimir a la clase trabajadora. 

Un legado colonial.

Haití es el primer y único país donde los negros esclavizados se alzaron contra ambos, sus amos y sus colonizadores, derrotándolos y estableciendo una nación independiente. A pesar de la superioridad militar de los colonizadores franceses, de la intervención británica y la brutal represión de los amos de esclavos, los haitianos esclavizados se organizaron y lucharon por la libertad. En 1793, abolieron la esclavitud, y en 1804 se independizaron de Francia. Como resultado, surgió un gobierno libre de esclavitud y dirigido por antiguos esclavos.

Esto fue un shock que sacudió todo el mundo. Significó un mayor control sobre las personas esclavizadas en los Estados Unidos y en todo el continente americano.

A cambio de reconocer la independencia de Haití, Francia exigió una compensación: 150 millones de francos, que son 21 mil millones de dólares hoy. También exigieron un descuento del 50% en todas las exportaciones haitianas. Con la acumulación de intereses, esta «deuda» no se terminó de pagar por más de 100 años. Esta deuda fue un elemento clave en el subdesarrollo de Haití, paralizando la pequeña isla desde el principio.

Haití derrocó a sus amos de esclavos y por ello las naciones imperialistas la han estado castigando desde entonces. 

El imperialismo de USA en Haiti 

Derrocar a los franceses dueños de esclavos no liberó a Haití de la influencia imperialista. A principios del siglo XX, Estados Unidos invadió Haití y seleccionó a líderes títeres.

Más tarde, a pesar de las tensiones iniciales, Estados Unidos y otros países coloniales apoyaron al régimen represivo «Papa Doc» de François Duvalier, otorgando préstamos masivos a Haití. Esto incluso aumentó después de la Revolución Cubana, cuando Haití fue visto como un bastión anticomunista en la región. A pesar de que la corrupción de Duvalier era bien conocida, las potencias imperialistas continuaron otorgando préstamos masivos a Haití, gran parte de los cuales Duvalier se embolsó. En resumen, Haití siempre ha estado subordinado a los préstamos acumulados por el colonialismo y el imperialismo.

Por su parte, los imperialistas estadounidenses han intentado encontrar un gobierno títere estable en Haití para proteger sus inversiones y las corporaciones que hiper-explotan los recursos de Haití. Con Papa Doc y su hijo, Baby Doc, esa estabilidad llegó al precio de cientos de miles de vidas haitianas, asesinadas en una brutal represión. Al mismo tiempo, ambos regímenes implementaron medidas neoliberales, abriendo el país a inversiones extranjeras e hiperexplotando a los trabajadores haitianos en beneficio de las corporaciones extranjeras.

Pero la «estabilidad» capitalista ha sido imposible de encontrar en Haití debido al nivel de pobreza y a la combatividad de un país nacido de la lucha contra la esclavitud. A lo largo de la década de 1990 y principios de 2000, Jean-Bertrand Aristide estaba pugnando por el poder en Haití. Aunque gozó de un amplio apoyo popular, un sacerdote progresista que seguía las ideas de la teología de la liberación no era para nada aceptable para los Estados Unidos. Aristide exigió reparaciones por el dinero que Francia extorsionó a Haití después de su independencia y exigió la ampliación de medidas democráticas que habían sido limitadas bajo el régimen de Duvalier.

Después de que Aristide ganó la presidencia en 1990, Estados Unidos intervino constantemente para mantenerlo alejado del poder. Lejos de preocuparse por la democracia en Haití, Estados Unidos y otras potencias imperialistas se entrometieron en los asuntos de Haití para garantizar el pago continuo de la deuda externa. Organizó dos golpes de estado. La primera fue en 1994 bajo la «Operación Proteger Democracia» de Bill Clinton. Pero después de las movilizaciones masivas en Haití y la presión internacional, Clinton regresó a Aristide a Haití para completar su mandato — con el acuerdo de que implementaría medidas neoliberales.

Después de perder unas elecciones  y luego ser elegido nuevamente en 2001, Aristide y su administración fueron sacudidos por escándalos de corrupción, perdiendo parte de su base de apoyo. Esta corrupción, como su apoyo a las medidas neoliberales, demuestra que Aristide, al final, no estaba del lado de la clase trabajadora. Pero esto no fue suficiente para la clase dominante en Haití, que se movilizó contra él. En 2004, los Estados Unidos bajo George W. Bush lo secuestraron y lo obligaron a exiliarse.

En este contexto, fue solo en 2006 cuando el Banco Mundial aceptó a Haití en el programa de “Países Pobres Muy Endeudados” que se inició diez años antes en 1996. Como resultado, se canceló una parte de la deuda de Haití, pero a un coste muy elevado. Para poder acogerse, Haití tuvo que aceptar políticas económicas que perjudicarían a los pobres y la clase trabajadora, beneficiando al capital extranjero.

Después del devastador terremoto de 2010, en el que murieron 300,000 personas, Haití obtuvo más préstamos supuestamente para reconstruir su infraestructura devastada. Gracias a la indignación internacional, se cancelaron más deudas, aunque muchos de los proyectos de reconstrucción de Haití continuaron siendo financiados por préstamos. En 2010, Aristide todavía estaba exiliado y fuera de la papeleta electoral. La mayoría del país se negó a votar y se documentó un fraude generalizado. Sin embargo, la OEA controlada por Estados Unidos organizó lo que algunos han llamado un «golpe silencioso» y respaldó las elecciones plagadas de fraude.

Desde entonces, Haití ha sufrido tres huracanes destructivos, devastando aún más la isla: Thomas en 2010, Sandy en 2012 y Matthew en 2016, lo que dio como resultado una crisis de pobreza cada vez más profunda. Se estima que la mitad de los haitianos están malnutridos. 

Los préstamos no son ayuda

A lo largo de la participación del FMI en Haití, ha otorgado al país préstamos empaquetados como «ayuda» y caridad. Este es el capitalismo de catástrofes clásico: usar los desastres del cambio climático y el subdesarrollo impuesto por los imperialistas a Haití como una oportunidad para obtener ganancias los capitalistas.

Los préstamos siempre vienen con condiciones. Tome el «préstamo y subvención de bajo interés» del FMI para 2018, que se proporcionó con la condición de que el gobierno redujera los subsidios a los combustibles y aumentara la recaudación de impuestos. El resultado fue un aumento del 38% en los precios de la gasolina y una reacción masiva. Fue entonces cuando comenzaron las protestas.

La deuda que Haití tiene con el FMI y el Banco Mundial es una continuación del colonialismo, que mantiene al país económicamente subordinado y dependiente de las potencias mundiales imperialistas. Este legado colonial se ha hecho cumplir constantemente no solo por la deuda sino también por la intromisión real en la política haitiana para garantizar el pago de esta deuda. Más allá de la escasez de combustible y los precios de la gasolina, es esto contra lo que los haitianos se están rebelando.

Las protestas actuales

El presidente de Haití, Jovenel Moïse, es otra demostración de la influencia imperialista en Haití. Es un rico exportador de bananas cuyo apodo es Banana Man, o Neg Bannann. Se hizo amigo de los capitalistas extranjeros al crear una zona de libre comercio en Haití que permitió al imperialismo expandir su influencia en la región. Si bien Moïse puede ser popular entre los capitalistas, nunca ha contado con el apoyo del pueblo de Haití. Solo el 21% de la población votó en las elecciones de noviembre de 2016 en medio de un fraude electoral generalizado.

Estados Unidos apoyó la presidencia de Moïse, puesto que sería extremadamente beneficiosa para el capital estadounidense. Desde entonces, su administración ha quedado atrapada en escándalo de corrupción tras escándalo de corrupción, y los haitianos se han movilizado para pedir su renuncia. Después de un año de protestas, dos primeros ministros se vieron obligados a renunciar, pero la administración de Moïse se ha mantenido firme.

En el centro de las protestas ha estado la gasolina, además de la corrupción generalizada. En parte, la crisis de la gasolina tiene que ver con el bloqueo y el embargo de Estados Unidos contra Venezuela. Esto es importante porque Venezuela había proporcionado previamente petróleo en crudo barato a Haití. Ahora el petróleo está dominado por las corporaciones estadounidenses, que imponen precios increíblemente altos. Para ir más lejos, gran parte del dinero para el petróleo ha sido desviado por el gobierno de Moïse para su propio beneficio, así como para apoyar las políticas del FMI que eliminan los subsidios al combustible y aumentan el precio de la gasolina.

La sumisión de Moïse a las políticas del FMI condujo a una escasez masiva de gasolina en agosto, que a cambio le llevó a la más reciente ola de levantamientos masivos en Haití, compuesta por masas de personas  desempleadas, así como los sectores sindicalizados de la clase trabajadora. Desde agosto, ha habido protestas masivas semanales con cientos de miles tomando las calles, además de huelgas en varios sectores. 

El alivio de la deuda no es caridad. Indemnizaciones de reparación para Haití!

Los países imperialistas, particularmente Francia, deben compensaciones a Haití. Deben reparaciones por la «deuda» que los haitianos se vieron obligados a pagar durante más de 100 años a Francia porque lucharon contra la esclavitud y ganaron. Ese dinero debe ser devuelto. Con intereses.

Pero las garras imperialistas en la región han ido más allá, con décadas de intromisión de Estados Unidos y políticas del FMI que mantienen a Haití en un sistema perpetuo de miseria. Toda la deuda haitiana debería cancelarse — una medida política que los socialistas estadounidenses deben presentar.

Y debemos exigir el fin de la intromisión de EE. UU. en Haití, lo que significa que no habrá más golpes de estado ni respaldo a más líderes títere, incluido el apoyo de Moïse. Esto también conlleva el fin del bloqueo de Estados Unidos contra Venezuela, que está contribuyendo a la devastación en Haití.

Más aún, aunque el capital de EE. UU. puede viajar libremente en Haití y la influencia de EE. UU. ha dictado las políticas del país durante décadas, la administración Trump puso fin al estado de protección temporal para los inmigrantes haitianos. Debemos luchar para recuperar ese estado de protección temporal. Pero incluso esto no es suficiente. Debemos exigir fronteras abiertas para los haitianos y todos los demás migrantes, muchos de los cuales están emigrando debido a la desastrosa política exterior de los Estados Unidos, así como al cambio climático, que crearon las corporaciones multinacionales.

Haití nació de la valiente lucha de los esclavos contra sus amos. Su victoria sacudió al mundo entero y continúa siendo un ejemplo para los oprimidos en todas partes. Pero la lucha de la clase trabajadora haitiana y los pobres contra sus opresores no ha terminado. Hoy, el opresor no toma la forma de un dueño de esclavos francés, sino la forma del FMI y de los Estados Unidos. El pueblo haitiano se está levantando una vez más.