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En Oriente Medio están de presuntas negociaciones. Todas las propuestas de acuerdo y las conversaciones de alto el fuego iniciadas hasta la fecha incluían la apertura de los pasos fronterizos a cambio del cese de lanzamiento de cohetes. Sin embargo, Israel al anunciar una nueva condición tras el fracaso de su operación militar exigiendo a Hamas la liberación del soldado capturado en 2005 para levantar el bloqueo, ha puesto en peligro el frágil alto el fuego. El gobierno de Gaza no va admitir que Shalit vuelva a casa si no lo hacen una parte de los más de 10.000 palestinos que están secuestrados en los campos de internamiento de Israel, tal y como se lleva negociando varios años. Así que, para desvincular ambas cuestiones, las milicias de la resistencia están amagando con el lanzamiento de algunos cohetes para tratar de situar la negociación en el punto del que nunca debió salir.

Lo que quieren decir al mundo Hamas, la Yihad y otros grupos de la resistencia —incluido el brazo armado de Fatah— es que mientras haya estado de sitio, ellos tienen todo el derecho a mantener su derecho a atacar al ocupante. Y Olmert, que no ha conseguido acabar ni con Hamas ni con la capacidad de las Brigadas para el lanzamiento de cohetes artesanales, tienen que cobrarse algún trofeo de cara a su opinión pública que cree que la invasión de Gaza y las masacres de los últimos días no han servido para nada. Así que ha amenazado con la continuación de la operaciones militares desproporcionadas para doblegar a la resistencia y que cese en sus deseos de resistir a pesar de vivir en una cárcel, desnutridos, masacrados a voluntad. Más de lo mismo, más inutilidad.

Si alguien se las prometía felices con Obama, ya ha debido encontrarse con la primera decepción. El enviado especial George Mitchell va a volver con toda probabilidad a casa con las manos vacías de su, a priori, viaje triunfal a la región. Ha repetido hasta la saciedad las palabras de los sermones de su presidente, pero cuando se topan con la cruda realidad sobre el terreno, no sirven para nada. Olmert le ha contado de primera mano su plan para Palestina, que incluye la retirada de una pequeña parte de los asentamientos pero que no ofrece la continuidad territorial de Cisjordania, sino unas cuantas gazas repetidas en la ribera occidental del Jordán, algo que no puede compararse en nada a un estado viable y, obviamente, rechazable por la población palestina que no espera vivir encarcelada el resto de sus días. Si Abbas no logra algo más que eso tendrá que irse definitivamente, aunque de todas formas ello significaría el fin de su mandato e incluso el inevitable ascenso de Hamas en todo el territorio si se atreviesen a convocar a fin de año elecciones libres y democráticas como las que perdió Fatah en 2006. Pero es aún peor, Netanyahu, el previsible ganador de las elecciones de febrero en Israel, ha anunciado que no reconocerá ningún acuerdo que pueda tomar su antecesor y ha anunciado que terminará el trabajo que Olmert no ha logrado finalizar en Gaza, es decir, la invasión total hasta la aniquilación de Hamas.

En suma, ni ahora ni en un futuro a medio plazo nada tiene visos de solución. Sólo el aislamiento diplomático y comercial del estado judío podrá hacer que se avenga a respetar las resoluciones internacionales, abandone todos los territorios ocupados y firme una paz justa con sus vecinos en el contexto de unas relaciones normalizadas.