Hoy es noticia el plante de la Unión Europea al discurso de Ahmadineyad en el Foro Durban II que Naciones Unidas celebra en la ciudad suiza de Ginebra. En él, el presidente iraní, aunque no sea santo de mi devoción, ha relatado las verdades del barquero ante el mundo sobre el papel de Israel en la región  y el triste rol que Europa jugó en el nacimiento de una nación racista desde sus orígenes justamente para expiar sus culpas por un comportamiento de carácter similar. Pero en vez de resolver por sí misma el problema que había creado, en plena época colonial, lo trasladaron fuera de sus propias fronteras y lo exportaron hacia suelo palestino para que ellos lo absorbieran sin haber tomado parte en su génesis ni en su desarrollo.

Pues bien, la vieja y decadente Europa, rehén del sionismo, no ha soportado que le cuenten algo tan real y tan patente en su propia casa y, en vez de enfrentar con argumentos, ha preferido salir corriendo de la sala no vaya a ser que pudieran sonrojarse ante el mundo. Que Palestina ha tenido y tiene que pagar las culpas del nazismo alemán es algo conocido por todos. Que el estado israelí es puramente racista desde sus orígenes es algo tan patente que hiere la sensibilidad de cualquier demócrata que conozca medianamente bien lo que sucede tras los muros del apartheid. La Ley del Retorno, que permite alojar en Israel a los nacidos de madre judía aunque se convirtieran al judaísmo hace pocos años es tan vergonzosa y antidemocrática que, de existir en un país europeo, la tacharían de fascista, nazi y totalitaria. Las leyes que impiden los matrimonios mixtos entre árabes e israelíes ¿que son sino racistas? Pero que les pregunten a los judíos etíopes importados como mano de obra barata como se sienten, o a muchos judíos orientales —los únicos semitas— como están discriminados ante los judíos arios europeos.

Y todo ello sin mencionar la política genocida hacia los palestinos, las matanzas sistemáticas de civiles, la destrucción de casas y cultivos, los campos de internamiento, los guantánamos de cientos o miles de detenidos sin cargos, los guetos y campos de concentración, las carreteras sólo para judíos, las torturas, los escudos humanos, las detenciones arbitrarias para obligar a convertirse en delatores a ciudadanos inocentes, los asesinatos selectivos sin juicio, la nakba, a ofrecer tratamiento médico a cambio de información para asesinar a congéneres, la ocupación que se extiende como un cáncer por suelo palestino y sirio… La vieja y decadente Europa prefiere cerrar los ojos y hacerse la sorda antes que enfrentar un problema que ha creado y que no puede ni quiere solucionar.

Si los verdugos son los amigos, los malos serán las víctimas, sobre todo si levantan la cabeza para decir que prefieren vivir de pie. Por mucho que Europa prefiera aparentar ser ciega, sorda y muda, la realidad está ahí fuera para despojarla de cualquier tipo de razón. Al margen de la diplomacia y la corrección política, la verdad sólo tiene un camino por muy cruda que esta sea. Y, desde luego, ya no somos niños pequeños que creen que cuando algo o alguien no le es de su agrado, si se tapan los ojos, va a dejar de estar ahí. Desgraciadamente, los centenares de miles, los millones de palestinos que sufren en sus carnes a diario el apartheid a manos de sus carceleros judíos, estarán aún ahí cuando los europeos retornen a la sala de plenos de Ginebra. Y lo peor es que ellos lo saben.