La verdad es que odio ponerme conspiranoico, uno pretende ser lo suficientemente serio como para ser medio creíble para un amplio abanico de lectores. Sin embargo, cada vez las cosas se ponen más difíciles. No creo en el azar en las relaciones internacionales, solo en la causalidad. Las cosas no suceden porque sí ni se desatan por un simple clic, suelen ser tendencias encadenadas de miles de inputs sucesivos a lo largo de largos periodos de tiempo.

Y es que lo que sucede estos días —y lo que va a suceder— con Yemen no tiene nombre. Restando a los países que EEUU tiene invadidos con más o menos ayuda, va a convertirse en el centro de atención imperial de la lucha contra el terrorismo, ese mismo estado permanente que Obama quiso desterrar, —aunque nominalmente hablando como todo lo suyo— y que ha acabado resucitando con todas sus letras.

¿Pero qué sucede en Yemen? Las noticias publicadas tras el supuestamente fallido atentado de Detroit apuntan a que es la escuela de terroristas yihadistas más importante del mundo. Allí se preparan —nos cuentan— las nuevas hornadas de peligrosos asesinos que van a atentar contra Estados Unidos. La respuesta de Obama es la misma que cabría esperar de Bush, hay que ordenar bombardeos para acabar con ellos, ¡como si los malos estuviesen reunidos todos juntitos en las plazas de los pueblos para que se les pudiese alcanzar con total facilidad y precisión!. ¿Alguien comprendería por ejemplo en el contexto de lucha contra al Qaeda se machacara Riad con bombardeos? Pues eso.

Pero los rebeldes que amenazan al débil y paupérrimo estado yemení son chiíes que se consideran marginados por el poder  —económica, religiosa y políticamente hablando—a pesar de representar el 30% de la población del país. Al Qaeda y el chiismo son como agua y aceite, incompatibles por principio e incluso grandes enemigos. En Irán, por ejemplo, los atentados terroristas que se producen de vez en cuando para desestabilizar al régimen provienen de grupos que la inteligencia occidental vincula a al Qaeda.

Eso por el norte. Pero en el sur de Yemen también el gobierno tiene problemas. Un grupo separatista ha tomado las armas y se ha enfrentado al presidente Alí Abdalá Saleh acusándolo igualmente de discriminar a los ciudadanos del sur.

Su vecina Arabia Saudí está temerosa de la influencia que el chiismo —y por ende la influencia iraní— puede alcanzar junto a sus fronteras. Tampoco está cómoda con la experiencia democrática que se contrapone a su régimen feudal. Y, ¡cómo no!, en la difusa línea fronteriza que ambas naciones comparten se está descubriendo petróleo que podría poner de una vez en órbita a Yemen como país o servir para llenar aún más las arcas de la monarquía absolutista saudí.

Por de pronto, el gobierno de Yemen ha pedido ayuda a su rica vecina para poner fin a la insurgencia chiita que ha respondido diligentemente con bombardeos por tierra y aire en la provincia norteña rebelde provocando numerosas muertes y el desplazamiento de miles de personas a zonas más seguras. Pero no lo hicieron solos, aviones norteamericanos atacaron el 14 de diciembre —con su consabida precisión— un mercado asesinando a alrededor de 70 civiles. En Yemen se ha desatado una guerra asimétrica en toda regla hasta la fecha de manera encubierta para EEUU. Después del caso de Detroit del 24 de diciembre de 2009, seguro que la sacan a la luz.

En medio de todo este embrollo este año pasado surgió una célula local de al Qaeda llamada Al Qaeda en la Península Arábiga (no se comieron mucho el coco, no) que se ha atribuido numerosos ataques de corte terrorista. Sería —dicen— una especie de organización surgida de la unificación de varias facciones locales y de grupos de la propia Arabia Saudí.

Lo cierto es que ya tienen la cortina de humo perfecta para intervenir a sus anchas en el país. Pero aún les faltaba un detalle cara a la opinión pública interna: la amenaza local. Era necesario vincular a EEUU con Yemen si había que destinar en el futuro más fondos, equipo militar y participar en ataques como los dos conocidos de noviembre en los que murieron decenas de civiles. Fue lo mismo que Blair hizo en su día para meter a su país en la invasión de Irak, amenazar a sus conciudadanos con la posibilidad real de un ataque a Inglaterra  en cuestión de minutos con las informaciones recogidas… ¡por un taxista! Así que, nada mejor que un atentado fallido para lograr los objetivos necesarios. La inmediata confesión del terrorista era necesaria, supuestamente pertenece a al Qaeda y se ha entrenado en Yemen para atacar en suelo estadounidense.

¿Quién da más? No se vayan todavía, aún hay más, resulta que los verdaderos instigadores del crimen son ex presos de Guantánamo liberados en su día por el benevolente sistema norteamericano. La noticia alcanza las rotativas casualmente en fechas en las que Obama va a renunciar a cerrar la prisión que mantiene —ilegalmente— en suelo cubano por problemas legales y de seguridad, incumpliendo de paso una de sus promesas electorales estrella.

El cúmulo de coincidencias, es desde luego sorprendente, aunque ningún medio de la prensa tradicional lo reconociera como tal. Únicamente me gratificó oír dudas expresas como las planteadas anteriormente en la voz de Ernesto Ekaizer, actualmente en la plantilla de Público, mientras participaba en una tertulia nocturna de Radio Nacional de España. Poco más que resaltar de la otra orilla periodística en relación al tema: coros y más coros imperiales.

Así que, llamadme conspiranoico si queréis, pero no me creo nada de la versión oficial del atentado del día de Navidad en Detroit. Pero qué leches, ¿qué hay más conspiranoico que pensar que un señor dirige la internacional del mal desde una infesta cueva desde un país que vive en la Edad Media resistiendo el acoso de los ejércitos más poderosos del mundo con plena capacidad de maniobra y una productora de vídeo que saca más pelis al año que la Metro?