Guantánamo tiene el dudoso honor de ser reconocido mundialmente como el centro de detención y tortura más popular de Estados Unidos relacionado con la autodenominada guerra contra el terrorismo. Probablemente no se trate del más concurrido, ni siquiera el más importante. Desde que la opinión pública conoció cómo se subcontrataban los servicios de tortura de presuntos terroristas en terceros países donde no se respetan los derechos humanos más elementales, es sabido que Guantánamo es sólo —en palabras de Amnistía Internacional— la punta del iceberg. Analistas estiman que alrededor de 70.000 personas han sido detenidas y mantenidas en prisiones de todo el mundo durante años, sin cargos ni asistencia letrada. Jordania, Indonesia, Yemen o Egipto son frecuentemente citados como colaboradores en esta política, pero también se habla de bases militares de Japón, Hawai, el Golfo Pérsico e incluso barcos en aguas internacionales convertidos en cárceles improvisadas fuera de la jurisdicción norteamericana.

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Pero además, poco a poco se han ido conociendo las brutales prácticas y las humillaciones a que son sometidos estos presos por parte de sus captores y carceleros. Se comenzó por negarles el estatuto de prisioneros de guerra, luego no les fue reconocida la aplicación de la jurisdicción penal —civil o militar— norteamericana y, para colmo, determinadas prácticas de tortura han sido abiertamente justificadas como necesarias para la obtención de información, entre ellas la privación del sueño y de movimientos, el uso de perros, el estrangulamiento, etc. Existen documentos del FBI donde se quejan de los métodos usados por el Departamento de Defensa por contravenir las Convenciones de Ginebra. También son del todo conocidas las dramáticas fotografías tomadas en Abu Grahib o en Guantánamo. Informaciones no contrastadas hablan incluso de experimentación con armas no letales, usando a los confinados como conejillos de indias para programas del Pentágono. Gases, drogas, luces y ultrasonidos forman parte del nuevo y tecnologizado armamento que los EEUU preparan para el futuro. El nombramiento de Alberto Gonzáles como Secretario de Justicia, no hace sino bendecir estas violaciones de los derechos humanos, ya que fue él en 2002 el que justificó la no aplicación de la Convención de Ginebra a los detenidos en la guerra contra el terrorismo.

Así que, conociendo estos antecedentes, cuesta poco pensar en el grado de desesperanza que pueden sentir esos presos. Fundamentalmente conocemos los testimonios de algunos liberados de Guantánamo o de cárceles de Jordania, pero poco más. Los alrededor de 500 prisioneros retenidos en el campo de concentración cubano son los menos invisibles de todos por lo que, de alguna manera, son hasta privilegiados. El hecho de estar en una zona ocupada de Cuba y a la vista de todo el mundo lo ha convertido en el objeto de las iras de intelectuales, pacifistas, organizaciones de derechos humanos y hasta ex-presidentes de EEUU.

Pero los presos de Guantánamo son ahora nuevamente objeto de atención mediática. Tras una huelga de hambre reciente abortada con falsas promesas, 210 “combatientes enemigos” llevan ya 5 semanas sin ingerir alimento pidiendo que se les procese de inmediato o se los libere. Algunos están al borde de la muerte y parece que no van a desistir de su actitud si no se atienden sus reclamaciones de juicio, de aplicación de las convenciones de Ginebra y el cese de las humillaciones permanentes a las que son sometidos.

Las autoridades del campo de concentración han tenido que suministrar alimento por vía intravenosa a algunos reos para evitar su muerte. Tratando de menospreciar la justificación de sus demandas, miembros del gobierno los acusan de querer únicamente causar un escándalo político tras la muerte de alguno de ellos. Y con el lamentable estado que atraviesa la aprobación pública de la gestión de Bush, es justamente lo que menos le interesa. Los fracasos obtenidos en Irak y Afganistán, el enorme gasto humano y material que supone el mantenimiento de la cruzada y la subsiguiente falta de recursos para atender necesidades sociales o catástrofes como la del Katrina, están erosionando como nunca la popularidad del presidente Bush.

En vísperas del aniversario del 11S, cuando la incompetencia al afrontar la virulencia de un fenómeno natural ha causado mucha más muerte y destrucción que los atentados contra el Pentágono y las Torres Gemelas, mucha gente en los Estados Unidos mira más hacia el estado de su propio país que hacia vagos objetivos de seguridad relacionados siempre con la política exterior y el petróleo. Sobre todo si los avances más significativos de la guerra contra el terrorismo sólo son el retroceso de las libertades y los derechos humanos en todo el mundo. Algunas webs comienzan a hablar de la necesidad de un nuevo gran atentado en occidente para reforzar la estrategia de guerra y dominación del imperio… Italia tiembla.