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Hace poco menos de tres años que estuve en Larache para un encuentro entre ONGs ambientales de las dos orillas del estrecho de Gibraltar. Coincidió justamente con el inicio de las hostilidades de EEUU contra Irak, así que, impelidos por la misma energía que nos impulsaba en nuestro país, decidimos organizar en Marruecos una manifestación a modo acto de desagravio al movimiento ecopacifista marroquí. La chispa que detonó la decisión de ese arriesgado movimiento fue la imagen de un periódico local que reprodujo la foto de un compañero nuestro que hacía de escudo humano en Bagdad que participó en la toma simbólica del tejado de la desierta embajada española en la capital iraquí.

Así pues nos decidimos a asaltar el consulado de Larache, en pleno paseo marítimo de la localidad. En cuestión de minutos, la perplejidad de los paseantes se tornó en compromiso y, a pesar del evidente miedo y de la falta de práctica, varios centenares de personas se unieron a la protesta coreando consignas entre las que sólo logré entender las palabras Ameriquia e Israel…

larache3No era la primera manifestación que en la que participábamos en Marruecos. Meses antes en Alhucemas habíamos denunciado la discriminación de la mujer y el reguero de muertes de inmigrantes en el Estrecho. Tras una asamblea vibrante de la sociedad civil rifeña y andaluza, recuerdo cómo de manera espontánea se decidió trasladar nuestras inquietudes a las calles para compartirlas con toda la población. Temíamos lo peor, pero nada nos sucedió ni a nosotros ni a los compañeros y compañeras del otro lado. Los más veteranos no paraban de hacer paralelismos con el clima de efervescencia que se vivió en la España de la transición.

Parecía que la muerte de Hassan II y la coronación de Mohamed VI traería nuevos aires al reino alauita. Al meno eso era lo que esperaban los rifeños, la población bereber secularmente castigada por la monarquía semiabsoluta. Algunos gestos del nuevo rey apuntaban en esa dirección: el respeto a la lengua amazigh y a su especial grafía, las visitas continuadas a una región que su padre no había osado visitar a pesar de tener palacios en todas las ciudades importantes del Rif, promesas de más apertura democrática o la sustitución de algunos elementos especialmente tenebrosos de los anteriores gobiernos parecían indicar que el país vecino se encontraba en un proceso de transición hacia la consecución de más altas cotas de libertad.

Pero nada más lejos de la realidad, los gestos iniciales quedaron convertidos en sólo eso, acciones cosméticas puntuales cara a la galería. Encarcelamiento de periodistas, torturas y represión hacia los saharauis que no abandonaron su territorio, prohibiciones a determinados partidos políticos… puro continuismo en todos los sentidos a pesar de las ansias democráticas del pueblo. Los rifeños son los únicos que han recibido algo positivo de su rey. En estos días he visitado de nuevo Chefchaouen y los terrenos y aldeas situadas dentro del Parque Nacional de Talassemtane dentro de un programa de viajes para senderistas. Algo ha cambiado, un sonido extraño recorre ahora los valles, un repiqueteo de tambores anima la quietud de la montaña. Y no, no son tambores de guerra, son los tambores de la apertura. Centenares de personas golpean hasta el éxtasis fardos de kif (marihuana) para extraerles el polen, actividad antes bastante controlada y desconocida en estos lares, el dulce olor a resina de hasshis, al aceite de la gryffah inunda ahora todos los rincones. La casa real sabe que las penas con pan son menos, que las ansias democráticas o levantiscas pueden suplirse con la rápida mejora de la calidad de vida de un pueblo. Y para ello nada mejor que fomentar el cultivo de drogas prohibidas en el rico país vecino del norte, una de las fronteras donde la desigualdad económica es más abismal de todo el planeta. Da igual que la erosión acabe con los suelos del norte de Marruecos, da igual que se desmonten alcornocales, encinares o pinsapares para plantar maría. Lo verdaderamente importante es que otra asignatura quedará pendiente una buena temporada, la democracia tardará en llegar al país vecino. La pregunta es ¿cuánto?