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Hay una gran diferencia entre lo que ha sucedido en Egipto y Túnez, lo que acontece en otras zonas del Magreb y Oriente Medio y lo que se vive en Libia en estos momentos. EEUU en ningún caso ha enviado a su ejército para derrocar a ninguno de los dictadores tiranos que gobiernan la región. Por otra parte, tampoco ha habido una ofensiva mediática tan unánime desde el inicio de la revolución pintando a Gadafi poco menos que a la altura de Hitler. A mí, al menos, que me gusta ejercer de malpensado, me ha sugerido desde sus inicios lo que Chomsky denomina los ejercicios de «creación de consenso» para prepararnos para operaciones de calado.

Y la verdad es que cuando la información se mezcla con la propaganda y es tan unánime es difícil disentir de la opinión general a riesgo de ser acusado de alineación con el dictador de turno. Nada más lejos de mi intención pero las cosas hay que situarlas en su sitio. La niña que contó en Naciones Unidas como las tropas de Sadam entraban a matar niños indefensos en Kuwait era un fraude organizado para intoxicar independientemente de que Sadam no fuera un angelito. Las armas de destrucción masiva fueron otro montaje para justificar una guerra para destruir lo que podía ser un poder regional capaz de plantar cara al binomio de USrael. Eso mismo sucede ahora con Irán y el montaje de su programa militar nuclear con la complicidad de los principales medios de comunicación del mercado mundial. No debemos sustraernos al proceder del imperio, sobre todo cuando ha sido desenmascarado tantas veces.

No es difícil separar el trigo de la paja. Si los informadores en los que se apoyan los media son interesados, contarán la historia como mejor le vaya para lograr sus objetivos. Lo mismo que la mayoría de los expertos en los que se apoyan los informativos: sólo van los que van a decir lo que se espera que digan, no los que puedan tener opiniones más alternativas u originales aunque fueran más precisas que las de los voceros oficiales del sistema. Por eso era tan complicado saber realmente qué estaba sucediendo sobre el terreno. Con el paso de los días algunos periodistas lograron entrar en Libia y lo primero que hicieron fue buscar, sin éxito, esas fosas comunes y las evidencias de bombardeos que tanto contaron los medios internacionales «de oídas».

Si fueran ciertas las informaciones que nos llegaban a través de la prensa. Gadafi estaría sólo en su búnker palaciego esperando a ser machacado por manifestantes rodeado de una guardia pretoriana de mercenarios extranjeros. Sin embargo, la propia movilización de las fuerzas imperiales parece desmentir esa afirmación. La balanza no debe estar tan desequilibrada para necesitar la intervención del VII de Caballería. Pero además, es obvio que se trata de operaciones militares más que de manifestaciones de protesta a menos que las manifestaciones en Libia se apoyen en fusiles, tanques o lanzamisiles y las dirijan generales del ejército regular. Los rebeldes no paran de decir que se no desean la participación de EEUU y la OTAN en el conflicto pero los jefes del gobierno paralelo están solicitando la ocupación de facto del espacio aéreo por las tropas imperiales.

Todo esto me puede sonar a lo sucedido al final de la Segunda Guerra Mundial con la resistencia en Francia y, en mayor medida, en Italia. Cuando entraron las tropas gringas, lo primero que hicieron fue aniquilar a las organizaciones que protagonizaron la lucha contra el nazismo y el fascismo. De ellas sólo cabría esperar gobiernos y democracias populares no muy proclives a seguir los dictados de la gran superpotencia «libertadora». Es posible que si se deja a las potencias occidentales meter sus zarpas en Libia sea para volver a colocar a otro régimen tiránico y tener controlado el petróleo que abastece a buena parte de Europa ahora que el peak oil es algo más que una amenaza…