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La sumisión de Estados Unidos a Israel raya ya en lo escandaloso. Su marcha atrás en la imposición de la congelación de la construcción de nuevos asentamientos ilegales en Palestina, le hizo perder cualquier atisbo de neutralidad y de credibilidad ante la mayor y más duradera crisis que azota al planeta. Sus discursos vacíos, que un día marcaron distancia con anteriores presidentes, ya no evitan que lo sitúen a la altura de Reagan y Bush en cuanto a política exterior se refiere.

Netanyahu se rió de él en toda su cara y, con el apoyo de la AIPAC, el mayor lobby del planeta, se tuvo que comer sus palabras. En una intromisión sin precedentes en la política de otro país —quizá haya que comenzar a pensar que EEUU es un satélite de Israel y no al revés—, Bibi optó claramente por Romney en las presidenciales con todas sus fuerzas pero, a pesar de perder estrepitosamente, sigue imponiendo su bélica y unívoca visión de la región a todo un presidente norteamericano. Él, como el resto de líderes confiables del mundo apuestan por dos estados conviviendo en paz en la zona en fronteras seguras. No se cansan de repetirlo, pero el hecho es que ya no queda donde ubicar un estado palestino que puede ser merecedor de tal nombre.

Reconocer esa realidad territorial equivale a culpar a Israel de todo lo que ha sucedido en Palestina durante los últimos años desmontando sus argucias, pero eso es algo que nuestros próceres, al menos los que están dentro del redil, no se van a atrever a declarar públicamente hasta que sea algo tan evidente que negarlo los ponga directamente en ridículo. Por eso se aferran al manido discurso de los dos estados cuando del inicial plan de partición cela ONU quedaría Palestina una ínfima parte de su territorio originario.

Ni si quiera Abbas se atreve a asumirlo claramente, únicamente ha amagado con hacerlo en varias ocasiones pero parece que está permanentemente a la espera de que Occidente cambie de opinión y obligue a Israel a sentarse a a mesa de negociaciones partiendo de la base de las resoluciones de la ONU y no de la política de tierra conquistada y confiscada que es lo que defienden en estos momento para agradar al monstruo israelí. Caras largas es lo único que ha encontrado en la delegación palestina que lo ha recibido en Ramallah, sólo eso. Ni si quiera se ha atrevido a visitar el mausoleo de Arafat, el líder que Obama ayudó a asesinar envenenándolo con polonio.

Ni un reproche a Israel, ni un atisbo de esperanza para Palestina. Promesas pospuestas de generación en generación y gesto tras gesto sin trasfondo real. Aunque no lo reconozcan en público, como saben que es imposible un estado palestino, ya apuestan por una confederación de bantustanes con Jordania como única salida a la avidez predatoria del estado fallido de Israel y  para ello están trabajando en los últimos años entre bambalinas. Así podrían conservar todo lo robado ilegalmente a Palestina bocado a bocado, mientras Obama y los anteriores obamas miraban para otro lado o se amparaban en la existencia de la resistencia palestina para no acatar las leyes internacionales. Antes se escudaban en que no había interlocutor válido pero, cuando lo mataron, la excusa es Irán, la primavera árabe o la cabezonería de sus dirigentes, mañana será cualquier otra. Así, hasta que Israel haya cumplido sus planes iniciales de ocupar toda la zona y crear su soñado Eretz Israel. Entonces desvelarán su jugada, habrán engañado al mundo que, en vez de reconocer candidez o complicidad, preferirá seguir mirando para otro lado para no sentir vergüenza de sus actos o sus pasividades.