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Como todos los días, esta mañana escuchaba la radio nada más levantarme y en el resumen inicial oí la palabra masacre. Intuitivamente pensé en que la situación de Gaza había empeorado ostensiblemente durante la noche o que había acontecido una tremenda matanza. Sin embargo, no se trataba de nada de eso, sólo era fútbol. ¡Ya me extrañaba a mí que el genocidio de Gaza ocupara la noticia de cabecera de un informativo! —me dije.

Todos estos días, de manera prácticamente unánime, la prensa del estado español ha comprado las tesis de Israel y ha presentado cada oleada de ataques asesinos de los sionazis como una «respuesta» al lanzamiento de algún petardo palestino. Ya conocemos la historia y el funcionamiento de la hasbará (propaganda) israelí. Es previsible que, durante los próximos días, el pueblo elegido siga asesinando inocentes con el silencio cómplice de la comunidad internacional hasta que la milonga de la «respuesta» no se soporte ante los ojos de nadie. Ese momento coincidirá con la amenaza de sublevación de los pueblos árabes que apoyan de tapadillo a Israel contra sus gobiernos corruptos y con una postura más firme —sólo cara al exterior— de Obama que exigirá alcanzar un acuerdo temporal de paz. En masacres anteriores, era Egipto quien jugaba el papel de mediador y conseguidor de los altos el fuego, pero ahora, con un Hamas claramente alineado con el anterior presidente, Mohamed Morsi, y el golpe de estado posterior del general al Sisi, los canales de comunicación son menos operativos y tardarán más en lograr su objetivo.

En teoría, sólo en teoría, los ataques de Israel son contra Gaza por unos desgraciados hechos sucedidos en Cisjordania. Se dirigen principalmente contra Hamás aunque la reivindicación la ha efectuado un grupo yihadista sunní que nada tiene que ver con ellos. ¿De qué se trata, pues? Desde luego, no del ojo por ojo, tan del gusto de los judíos. Sólo durante la búsqueda de los 3 adolescentes secuestrados murió un número mucho mayor de árabes, no se trata de eso. Por un lado, es un castigo colectivo contra la población de Gaza, que es la que mantiene aún su espíritu de lucha y legítima resistencia ante la ocupación. Por otro, Netanyahu estaba más que espantado con la posibilidad real de unificación de las facciones palestinas y la consolidación del gobierno tecnócrata de concentración nacional  para gestionar lo poco que queda de Palestina. Cargarse esa incipiente reconciliación es, sin duda, otro de los objetivos de la operación «Margen Protector» (esto sí que es hasbará de la buena). La eliminación física de los líderes de la resistencia mediante el bombardeo de sus viviendas y vehículos es patente en los primeros días de ofensiva, lo mismo que las infraestructuras públicas que facilitan la paupérrima vida de los habitantes de la Franja.

Pero el alcance de lo que está sucediendo es mucho mayor que todo esto. Para algunos observadores, esta ofensiva significa el fin de la posibilidad de los dos estados, algo que es prácticamente imposible desde hace mucho por la ocupación sionazi de los territorios palestinos, que impiden físicamente que se pueda conformar un estado palestino viable. El presidente palestino, Mahmud Abás, está en sus menores índices de popularidad. Lleva muchos años jugando a ser el carcelero de los guetos por orden de Israel, algo que se ha visto claramente durante el secuestro de los jóvenes, a pesar de lo cual tanto Israel como EEUU lo consideran amortizado.

Editorialistas y analistas pronostican con pavor una III Intifada, un levantamiento popular permanente que puede hacer prácticamente imposible la ocupación por mucho más tiempo. Dado el fracaso de la política de contención de la Autoridad Palestina, que sólo ha provocado más  ocupación, limpieza étnica y sufrimiento, una Intifada es lo mínimo que debería suceder. Israel no va a ceder un ápice si no encuentra algún tipo de amenaza que lo obligue a negociar. Unos territorios palestinos en lucha permanente es lo menos que podría esperarse. La renuncia de la Autoridad Palestina es otra de las medidas que, ineludiblemente habría que tomar. Si Israel ignora sistemáticamente los acuerdos de Oslo, colaborar con el ocupante es perpetuar la ocupación, la violencia y el sufrimiento. Indudablemente, ello pondría en peligro el cobro de los sueldos de los funcionarios palestinos, pero esa posibilidad no debe impedir los avances en la causa general del pueblo. Hay que poner a Israel en la tesitura de absorber a toda la población Palestina en un único estado multiconfesional o crear un estado palestino con la retirada de las colonias a las fronteras del 67.

Israel es un estado fallido. Un estado en el siglo XXI no puede pilotar en leyes como la del retorno, ni soportarse en una concepción religiosa de la existencia. A los judíos se les dio una oportunidad de vivir en una tierra robada a los palestinos, pero nunca han tenido bastante. Desde el primer momento hasta nuestros días, han soñado con conquistar lo que ellos llaman el Eretz Israel y a las pruebas sobre el terreno nos podemos remitir. Nunca han querido negociar con nadie, nunca han querido delimitar sus fronteras para seguir robando todo lo posible. Israel, esa anomalía de estado debe desaparecer del mapa para siempre. Es un cáncer para la región y para toda la humanidad. Está en el origen de la mayoría de las guerras de la humanidad. Ayer mismo se supo que el Mossad había instruido al líder del Estado Islámico que ocupa el centro y norte de Irak, tiene notables vínculos con al Qaeda y muchos de los países más sanguinarios del Golfo. Han tenido tiempo más que de sobra para demostrar que quieren vivir en paz, pero ni su gobierno ni su pueblo apuestan por ella, todo lo contrario, el apoyo a los racistas, belicistas y ultras crece cada año en suelo judío. El porcentaje de personas pacíficas en Israel mengua cada día. Su apetito y voracidad son insaciables. Jamás serán sujetos de ninguna paz que no les venga impuesta por la fuerza, ya sea del aldo árabe, del lado internacional o por el triunfo de la campaña de Boicot, Desinversión y Sanciones.

Todos somos Palestina, todos somos Gaza.