
Siempre se nos ha dicho que la democracia era un invento de la Grecia clásica, un ejemplo de convivencia, virtud, ciencia y pensamiento. Lo que no se nos decía en su momento en los libros de texto es que el sistema se sustentaba en una masa de esclavos que ni de lejos olían los derechos que las polis otorgaban a sus ciudadanos y ciudadanas. Pues algo parecido se me viene a la mente cada vez que alguien menciona la democracia israelí, sobre todo cuando la ponen como ejemplo de régimen al que deben tender los estados árabes que los circundan.
En el caso de Israel la cuestión se agrava porque es un estado absolutamente militarizado y de carácter racista, como lo ha calificado la propia ONU. Racista con los árabes que osaron no abandonar el país judío a pesar de los asesinatos y actos terroristas subsiguientes a la primera Nakba del 49, pero también con los judíos procedentes de países árabes, los “orientales” y con los falashas, los judíos etíopes de raza negra. Y no hablemos con los habitantes de la Palestina ocupada, de los que igualmente son responsables desde el abandono de los acuerdos de Oslo y el desmantelamiento de la infraestructura de la ANP.
Un régimen como el israelí visto en otro marco geográfico sería considerado como una república bananera cualquiera. Militares ocupando las cúpulas de partidos políticos, religiosos extremistas condicionando con sus formaciones la estabilidad de gobiernos, (ex) terroristas dirigiendo ministerios como el de Defensa, denuncias continuas de la ONU, de Tribunales Internacionales, mantenimiento del sistema gracias a los mil millones de dólares mensuales que llegan de los EEUU… los gobiernos de Israel no pueden ser considerados sin más como serios y con marchamo democrático.
Sólo dentro de este contexto puede entenderse cómo el asesino Sharon abandone su propio partido, funde uno nuevo —Kadima— y además arrastre a él a su otrora enemigo y ahora compañero laborista Peres. Ariel Sharon pretende aparecer ahora como personaje centrista y dialogante, frente a sus compañeros de ayer del Likud que andan volviendo a sus orígenes imperialistas y pretenden “transferir”, aunque no lo admitan abiertamente, a los palestinos a Egipto y Jordania. Sharon, consciente de que necesita el apoyo norteamericano no podía permanecer por más tiempo en una formación de este tipo si quería mantenerse en el poder. Así que no ha tenido más remedio que montarse un nuevo chiringuito a su medida. Tras conseguir que se aprobase la desconexión de Gaza era evidente que el Likud no iba a dar ni un sólo paso atrás más en su estrategia de lograr el Eretz Israel sobre toda Palestina.
Así las cosas, Sharon, el halcón, el impulsor de la estrategia de los asentamientos, el responsable de los crímenes de Sabra y Shatila pretende convertirse en una paloma contra las que siempre combatió, ¿quien se lo va a creer? Obviamente no los palestinos ni nadie que tenga la suficiente perspectiva como para mirar más allá de la retirada de Gaza y se asome al pasado cercano o a la rabiosa actualidad, donde se siguen cometiendo asesinatos “selectivos”, se continúa con la política de asentamientos ilegales y se obvia la Hoja de Ruta, la magna solución ideada por el cuarteto para tener un estado palestino como el que Bush vio en uno de sus encuentros con dios nuestro señor, tal vez aderezado con algunas copas de ma´s.
Hete aquí que, contra todo pronóstico para la prensa occidental, Simón Peres es expulsado de la presidencia del partido laborista por un oriental, Amir Peretz, de procedencia marroquí, de raíces humildes y militancia sindical. Parece pues que se puede producir un desplazamiento hacia posiciones más dialogantes con los palestinos y con la búsqueda de soluciones multilaterales reales, pero es muy improbable que alcancen el poder. Las encuestas señalan que Kadima se alzará con la mayoría simple de los votos en las siguientes elecciones generales. La única posibilidad para que pudiesen influir en las decisiones del futuro gobierno sería que participasen en una coalición con el nuevo partido.
Porque una cosa debe quedar clara, del nuevo Sharon sólo podemos esperar lo mismo del que ya conocemos. Como mucho, el abandono de algunos asentamientos residuales y la anexión definitiva del Golán y de los territorios palestinos englobados por el muro del apartheid. Nunca habrá paz en Palestina bajo la dirección de este siniestro personaje. De hecho, nunca la habrá mientras la comunidad internacional —la misma que creó el problema— y sobre todo los Estados Unidos no se impliquen decididamente en la búsqueda de una solución definitiva. No en vano son sus financiadores, sus proveedores de armamento, los encubridores del programa nuclear militar y los sicarios que tratan de acabar con cualquier enemigo que pueda hacerle sombra en Oriente Medio. Pero cada vez son más lo que opinan que ya se ha alcanzado el punto de no retorno y que es imposible fundar un estado palestino viable con la gran cantidad de asentamientos y carreteras de interconexión fuera de las fronteras reconocidas internacionalmente, los muros de desconexión, el esquilmo de las fuentes de agua potable, etc. En tal caso la solución que barajan en la misma que los ultraortodoxos, los colonos o los del Likud, un sólo estado en Palestina… pero democrático y con dos pueblos en su seno.