Considerada como una de las más importantes ONG mundiales en el ámbito de la protección de los derechos humanos, Human Rights Watch (en adelante HRW) es también el arquetipo perfecto que define a las grandes multinacionales del humanitarismo internacional. En efecto, bastará un somero análisis usando fuentes de la propia organización y de la prensa corporativa convencional para mostrar un entramado de puertas giratorias con el gobierno de EEUU y la OTAN, vínculos con el sionismo internacional o con el ubicuo Soros. Nos mostrará igualmente el origen de su esperpéntica rusofobia y la auténtica obsesión profesada contra los gobiernos de la izquierda latinoamericana. Y es que HRW, tiene de todo y de lo peor que una ONG de derechos humanos podría mostrar a la opinión pública.

El germen de Human Rights Watch fue el Helsinki Watch, una tapadera nacida en 1978 para apoyar a la disidencia dentro del bloque soviético, so pretexto de vigilar el cumplimiento de los acuerdos de Helsinki firmados en 1975. Concebido pues como un instrumento de la propaganda norteamericana y occidental en plena guerra fría, en 1988 adoptó definitivamente el nombre que posee en la actualidad. Su fundador y primer presidente fue Robert L. Bernstein, un judío sionista norteamericano, propietario de una de las mayores editoriales del mundo, Random House, que utilizó como instrumento para fabricar la imagen en occidente de disidentes anticomunistas.

Pero Bernstein no era el único sionista implicado en estos menesteres, ya vimos un caso similar con Amnistía internacional. Elliott Abrams, el criminal de guerra encargado por Trump para derrocar al gobierno de Nicolás Maduro, describe que, a nivel general, “el movimiento global de derechos humanos fue producto de judíos” aunque yerra estrepitosa y deliberadamente, al afirmar que lo hicieron “motivados por la necesidad de encontrar un refugio para sus asediados pueblos”, obviando un desfase de fechas de bastantes decenas de años de diferencia.

Otra conexión recurrente de este tipo de organizaciones encubiertas se establece con el gobierno de Estados Unidos, más concretamente con el Departamento de Estado. Sin embargo, de entre todas ellas, HRW se lleva la palma. La relación es tan íntima que en 2014, los premios Nobel de la Paz, Adolfo Pérez Esquivel y Mairead Maguire, junto con ex miembros de la ONU y académicos de EEUU y Canadá, denunciaron que HRW carece de la independencia de la que tanto alardea la ONG, ya que sus principales directivos tienen relación con el gobierno de EEUU, el Partido Demócrata e incluso con la mismísima y poco humanitaria CIA (la Agencia Central de Inteligencia). También habría que sumar a esta denuncia sobre cantera de directivos de Human Rights Watch a la OTAN, la organización bélica responsable de centenares de miles de muertes, que ha colocado al socialista español Javier Solana, Secretario General de la OTAN de 1995 a 1999, carnicero de Yugoslavia y artífice de los bombardeos ilegales contra la población civil de aquel país. Cuesta creer cómo alguien que debería ser juzgado por crímenes de guerra, se incorpore en 2011 a la Junta Directiva de HRW y que haya sido acogido con tanto orgullo en la propia página de la organización.

Tampoco falta en la ecuación de esta multinacional, un oscuro personaje que pulula invariablemente en todos estos chiringuitos-pantalla de la política exterior del gobierno norteamericano, fundamentalmente cuando gobierna el ala demócrata, y del sionismo internacional. Nos referimos, obviamente a George Soros. Y no, no se trata de ejercer de conspiranoico, ni de dar carnaza para ser tildado como tal (aunque personalmente comparta con Balzac, la idea de que todo poder es una conspiración permanente). Si nos vamos a la propia página de la ONG, como recogen también la mayoría de medios de comunicación, veremos que en 2010 Soros donó a HRW la nada desdeñable cantidad de 100 millones de dólares para ayudar a la internacionalización de la organización. Pero el famoso especulador rusófobo no es sólo el máximo financiador de la asociación. Como no podía ser de otra manera, Soros forma parte del elenco de miembros del Comité Consultivo de Human Rights Watch, como así queda constatado en el site oficial en su versión norteamericana.

Con esta plantilla de dirigentes y financiadores creo que nadie podría extrañarse del cometido real de esta ONG. Como no podría ser de otra manera, forma parte del entramado mediático de la política exterior norteamericana. No obstante, sus estrechas relaciones con los demócratas le dejan cierto margen para la crítica a EEUU, e incluso a Israel, que le permiten sostener cierta pátina de credibilidad ante una opinión pública cada vez peor informada o deliberadamente malinformada. 

Aunque HRW hace gala de no recibir dinero de gobiernos como el norteamericano, sí que acepta dinero de las multinacionales del país y sus fundaciones asociadas, de la banca y de las grandes corporaciones de la comunicación. Sin embargo, esas contribuciones no son filantrópicas, todo lo contrario, suelen ser finalistas, esto es, pagan por informes a medida sobre temas o regiones concretos que pertenecen a la agenda de los donantes. De esta manera, la mayor parte del presupuesto de la ONG permanece así, cautivo, lo que convierte a esta organización en poco más que un grupo de mercenarios políticos al servicio de sus patronos.

Es cierto que hay cierto sesgo diferencial entre cada una de las delegaciones que componen HRW a nivel mundial. Por ejemplo, el grupo para América Latina está enfocado de manera obsesiva contra Venezuela, Nicaragua o Cuba, no en vano su dirigencia está muy vinculada a la gusanera de Miami, mientras que el norteamericano se permite mostrar la mínima «progresía» atribuible a la corriente demócrata del establishment. En general, la coordinación con la política exterior norteamericana es total, e incluso se permiten hacer de hooligans del Departamento de Estado cuando creen que son excesivamente suaves en sus planteamientos. 

Uno de los mas escandalosos episodios lo vimos cuando Barak Obama se disponía a atacar Siria en 2013 como respuesta a un supuesto ataque químico orquestado desde occidente como un atentado de bandera falsa. En aquel momento, Kenneth Roth, director ejecutivo de HRW comentó en Twitter:

“Si Obama decide atacar a Siria, ¿se conformará con el simbolismo o hará algo que ayudará a proteger a la población civil?”

No se puede ser más cínico, pedir ataques no simbólicos equivale a demandar una intervención a gran escala con, seguramente, miles o centenares de miles de muertos a los que se privará del mas importante de los derechos humanos, el derecho a la vida. 

Algo parecido ha sucedido más recientemente con Nicaragua, otra nación atacada por las hordas del imperio, usando a mercenarios apoyados desde el exterior y todo el poder de fuego de los medios de comunicación mundiales, las ONGs humanitarias e incluso el movimiento pseudofeminista liberal manejado por los títeres de Soros. Pues bien, HRW, descontenta con la supuesta tibieza del gobierno norteamericano hacia el país centroamericano, no dudaba en presionarlo para que ampliase el programa de sanciones económicas, tal y como reconocieron medios de comunicación de todo el mundo.

De Cuba ni hablemos. ¿Cómo una ONG humanitaria no ha sido aún capaz de condenar el bloqueo de alimentos y medicinas al pueblo cubano, como hacen cada año la inmensa mayoría de países de la ONU? Algo parecido ocurre con Venezuela, los informes teledirigidos de la sicaria Bachelet son  un cuento para niños al lado de los que lleva años redactando la delegación de Latinoamérica de HRW.

Pero no queda ahí la cosa, su ADN rusófobo de la Guerra Fría perdura en el tiempo y se manifiesta de cuando en cuando con total virulencia aún a pesar del devenir de los años. Pero lo peor son las formas que utilizan para construir su burda propaganda manipuladora. En 2015, un diario alemán destapó el maloliente uso propagandístico por parte de HRW de una fotografía manipulada. La imagen representaba el dolor de una mujer rusa por la supuesta represión de las políticas de Putin. Sin embargo, en realidad, la foto estaba tomada en Ucrania, más concretamente en Odessa un año antes, justo cuando los neonazis ucranianos —que llegaron al poder tras el golpe de estado promovido, entre otros por EEUU o por el mismísimo Soros—, incendiaron la Casa de los Sindicatos y asesinaron impunemente a decenas de personas allí refugiadas.

No queda espacio para la duda. Cuando oigamos las siguientes declaraciones de los portavoces de HRW, cuando presenten su próximo informe, pensemos en quiénes son, de dónde vienen, quiénes los pagan… y a quien sirven. 

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