La izquierda israelí, junto a grupos pacifista e intelectuales, junto con representantes no oficiales del pueblo palestino —aunque con cierta anuencia de la ANP— reunidos durante varios días en Jordania y auspiciados por el gobierno suizo, han llegado a un acuerdo de paz basado en el reconocimiento mutuo y en las fronteras internacionalmente reconocidas por acuerdos internacionales. En virtud del mismo, si es que algún día llegara a aplicarse, se desmantelarían buena parte de las colonias en suelo palestino, y aquellas fuertemente implantadas y junto a la línea verde, se canjearían por tierras adyacentes a la superpoblada franja de Gaza. Los palestinos renunciarán al derecho al retorno a Israel, lugar del que fueron expulsados por el ejército judío y por los grupos terroristas sionistas que amedrentaron a la población para fomentar su huida con salvajadas impronunciables que harían sonrojarse por suaves a los kamikazes vocacionales más sanguinarios.
Sharon ha advertido que este acuerdo, respaldado por Peres, condicionará negativamente las negociaciones que puedan entablarse en un futuro. Arafat en cambio, se ha mostrado ambiguo con el resultado. Muchos analistas consideran que puede ser el principio del gran acuerdo de paz esperado, ya que es absolutamente concreto y definido, todo lo contrario a la Hoja de Ruta impulsada por el cuarteto malage, al menos en lo tocante a las cesiones de Israel.
Lo que sí demuestra el proceso iniciado en Jordania y que ha de ser ratificado próximamente en Suiza, es que basta con reconocer el problema y sentarse a hablar sin condiciones previas para buscar una solución a base de dolorosas renuncias por ambas partes. Si la ANP acepta sin reservas esta opción, Sharon y Bush lo tendrán bien difícil para imponer su modelo de paz, la paz de los humillados, la paz de los cementerios. Las opiniones públicas —no las opiniones publicadas—, los pueblos, tienen ahora la palabra. Que callen las armas.