Tras décadas de injerencias e intervenciones militares en los cinco continentes, agotado ya el repertorio de grandilocuentes lugares comunes con los que sus artífices han justificado invasiones, genocidios y la apropiación de los recursos naturales más valiosos del planeta, el imperio —en singular, porque solo hay uno— ha tenido que actualizar el discurso y la estrategia para evitar episodios de movilización de la opinión pública como el acontecido durante la II Guerra del Golfo. Sí, la invasión de Irak puede considerarse el punto de inflexión, el momento álgido de la movilización ciudadana que, aunque no consiguió paralizar la enésima invasión norteamericana de un país soberano, alumbró momentáneamente un atisbo de poder popular, de empoderamiento de la opinión pública, tan fuerte que consiguió asustar a los padrinos de la guerra.

A partir de ese preciso momento, para la “creación del consenso” previo necesario para emprender nuevas guerras, Estados Unidos tiene que desplegar toda la potencia de fuego procedente de las divisiones mediáticas militares —o militarizadas— para que la ciudadanía compre el discurso de la inevitabilidad de la guerra como remedio para impedir supuestos males mayores. Surge así el paradigma de la guerra humanitaria, una contradicción en si misma, un oxímoron que lleva aparejado invariablemente el proceso de deshumanización del líder que encarna al estado a controlar o destruir, para ejecutar un planificado magnicidio que marque simbólicamente el triunfo definitivo de la intervención externa.

Para legitimar la injerencia —que no podemos olvidar que supone una flagrante violación de los principios fundamentales de la Carta de Naciones Unidas— Estados Unidos invoca principios morales que jamás ha respetado dentro de sus propias fronteras, que jamás ha exigido cumplir a sus aliados o que, casualmente, nunca logra imponer por las fuerza tras sus intervenciones militares, algo que no parece que les haga desistir de intentarlo una y otra vez.

En la construcción del relato, que ya empieza a estar manido por exceso de uso, no puede faltar un elenco de actores que representan los mismos papeles prefijados: un pueblo en la calle demandando libertad y democracia, un gobierno represor que se resiste a los cambios, una policía y un ejército que se extralimita en sus funciones y un vanguardia popular que se ve obligada a defenderse de los ataques de un estado que ya ha dejado de ser garante del bienestar de su propia ciudadanía y que pierde toda su legitimidad. Con estos ingredientes, la trama oficial no es difícil de predecir: una guerra civil desigual en la que las víctimas piden apoyo internacional para restituir sus conculcados derechos y un país, auto erigido en el gendarme mundial, dispuesto a proteger la democracia y la libertad allá donde sea necesario, no en vano han sido tocados con el halo divino de la excepcionalidad como ningún otro pueblo del mundo. Es como una mala película made in Hollywood.

No obstante, aunque esta historia de ficción ya esté bien asentada en el imaginario colectivo, hace aguas por todos sitios. Para desvelar sus múltiples contradicciones, no hace falta recurrir a la prensa presuntamente enemiga, alternativa o antagonista, todo está publicado en la mismos medios que se utilizan para justificar la guerra. Sólo es cuestión de saber buscar, unir las informaciones y establecer un hilo argumental coherente. Hagamos un repaso cronológico a los datos que poseemos sobre el proceso de planificación de la guerra.

Cuatro años antes de que se iniciara la “primavera siria”, en marzo de 2007, el general estadounidense Wesley Clark, ex-comandante de la OTAN, declaró que su país tenía intención de invadir varios países, entre ellos Siria, después de los atentados del 11S. «Vamos a tomar siete países en 5 años» —afirmó.

Un cable de Wikileaks de 2009 demuestra que el Departamento de Estado de EEUU estaba financiando grupos y medios de comunicación opositores al gobierno de Bashar el Assad varios años antes de la guerra. El mismísimo Washington Post se hizo eco de esas informaciones, cifrando en millones de dólares con los que se entrenaron a activistas y a periodistas desde 2006 a 2010, incluyendo un canal de televisión por satélite, Basada TV, que emitía proclamas antigubernamentales en el país. El programa de financiación de la oposición comenzó en el gobierno de George Bush, pero fue continuado tras la llegada al poder de Obama. El cable demuestra que la intención de Estados Unidos de derrocar a Bashar el Assad se remonta a 2006, como así se afirma inequívocamente en un telegrama del embajador americano en Damasco que obra en su poder y que ha sido publicado por algunos medios internacionales.

Fue también Wikileaks, cuando desveló en 2012 los papeles de Stratfor, la conocida como CIA en la sombra, quien descubrió que realmente fue la OTAN quien dirigió el golpe de estado en Siria, no únicamente con apoyo material o mediante el entrenamiento de terroristas en sabotajes y guerrilla urbana, sino también dirigiendo sobre el terreno las operaciones a través de comandos militares y mercenarios (que ahora llaman «contratistas de seguridad») de países de la organización, principalmente de Francia, Reino Unido y Estados Unidos.

Por si alguien duda de la minuciosa preparación previa de las revueltas de Siria, puede oír las declaraciones del ex Ministro de Asuntos Exteriores francés Roland Dumas, quien declaró públicamente en televisión que existió una conspiración externa programada contra Siria y que los acontecimientos no fueron espontáneos nunca, mas bien fueron actos planificados por la OTAN e Israel. Él mismo estuvo presente en una reunión en la que el gobierno del Reino Unido le propuso participar en un proyecto de invasión del país, varios años antes de que se produjeran las revueltas «primaverales».

La organización de las manifestaciones espontáneas sirias de 2011 se atribuye al embajador norteamericano, Robert S. Ford. El llegó a Damasco justo en enero de ese mismo año. Su misión era aplicar una solución a la nicaragüense en Siria, ya que la desastrosa experiencia de Libia había disuadido a China y Rusia de apoyar bombardeos occidentales del país bajo el manto de la ONU. La idea era montar grupos de mercenarios, los «contras», para que derribaran al gobierno de Bahar el Assad. Ford venía, de la mano de Negroponte, de apoyar escuadrones de la muerte en Irak y grupos paramilitares.

La actividad pública de Ford en relación con las revueltas comenzó en Julio de 2011, cuando partió a las calles de Hama apoyar a los manifestantes acompañado del embajador francés, Eric Chevallier (¿Alguien puede pensar qué sucedería en el plano diplomático si el embajador ruso se hubiese plantado en las manifestaciones de Occupy Wall Street a arengar a los manifestantes?) Sin embargo, reportes indican que su actividad desde que llegó al país fue realmente frenética, contactando con todos los grupos que llevaban lustros financiando para que se activaran a su orden, como si de células durmientes terroristas se trataran.

Ford dimitió después al considerar que Obama era demasiado blando y que sus políticas en la región no funcionaban y se declaró incapaz de defenderlas por más tiempo. Curiosamente llegó a reconocer en 2015, en Twitter, que Estados Unidos apoyaba a los grupos terroristas ISIS y al Qaeda, ya que los que ellos llamaban rebeldes moderados, receptores de la ayuda política, militar y económica, eran aliados de los terroristas sobre el terreno. Todavía puede comprobarse en su cuenta de esa red social.

Obviamente, hay muchos otros factores a considerar en el inicio de los levantamientos que pudieron ayudar a la participación de algún despistado en sus inicios. Se habla de sequía, de cambio climático, de crisis económica, de conflictos religiosos… pero a la luz de las pruebas oficiales, ningún observador neutral sería capaz de afirmar, sin ruborizarse, que las revueltas de la mal llamada primavera árabe siria fueron espontáneas.

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